miércoles, 14 de febrero de 2024

Introducción.

 


Éstas son las páginas que se han conservado del libro "Hombres y Ruínas", uno de los libros que escribió entre los siete campos de concentración franceses en que vivió, es un decir, entre febrero de 1939 y septiembre de 1944. Jaume Grau Casas, escritor y esperantista entre otras muchas cosas huyó de Barcelona tras su caída a manos fascistas el 26 de enero de 1939 y fue acogida en hoteles de cuatro estrellas hasta que salió, en 1944 y volvió a Catalunya en 1948. Murió en València el 8 de noviembre de 1950, poco antes de cumplir los 54 años.

Cai todo lo que hay en estas líneas no es inédito desde 2014, con la publicación por Marie-Hélène Melèndez de Ulysse dans la Boue, en francés, por la KEA de la mano de Miguel Fernández en esperanto, en 2017 de Tagoj kaj ruinoj, y en 2023, la versión catalana traducida y trabajada por Carles Vela y Carles Biosca. Me dejo, por ignorancia, las demás personas que han trabajado mucho y bien en las ediciones. 

No puedo dejar de decir que los textos provienen íntegramente de los originales fotografiados por Marie-Hélène Meléndez en la KEA, con sede en Sabadell, y que ella, con mi ayuda (y no al revés, ni mucho menos) desentrañó, desencriptó, les dio coherencia y los tradujo al francés. Si la palabra no se leía por la voracidad de ratones, humedad o desgaste se optó por poner un claudátor con puntos suspensivos.


Para encontrar fuentes de lo dicho:

Libro inicial (único completo) publicado en blogspot en 2008: 

https://ulissesenelfangpoesiajaumegraucasas.blogspot.com/


En 2024:

https://hojascalendario.blogspot.com/


https://ca.wikipedia.org/wiki/Jaume_Grau_Casas

https://es.wikipedia.org/wiki/Jaume_Grau_Casas

https://eo.wikipedia.org/wiki/Jaume_Grau_Casas


Los tres libros publicados:

2014: https://www.decitre.fr/livres/ulysse-dans-la-boue-9782363910233.html

2017: https://www.nodo50.org/esperanto/Libroservo/TkR.htm

2023: https://www.esperanto.cat/publicacions/home-en-ruines-relats-i-poemes-des-dels-camps-de-la-vergonya/


Resulta evidente que los títulos de los libros publicados rinden homenaje a dos de aquéllos que no pudo publicar en vida. 


Jordi Grau i Gatell (1957).

Nieto del autor, que no conoció a su abuelo.

sábado, 20 de enero de 2024

HOMBRES EN RUINAS 68 tipos. Tipos y narraciones de la vida de los refugiados españoles y no españoles en los campos de concentración de Francia. JAUME GRAU CASAS.

Prólogo


Así como hay una “psicosis de guerra”, también existe una psicosis de campo de concentración. Y, al cabo de

quince meses, muy pronunciada.


Me ha salido un libro muy desigual. Piedad y humorismo. La visión del mal y la aplicación del remedio.

Al ver, en los primeros tiempos -mientras escribía otras cosas-, tantos tipos de mutilados, de hombres

deshechos de hombres vencidos, ya se me ocurrió el título -un buen título para una película que resultaría

dantesca! - de “Hombres en ruínas”.


Pero éramos entonces miles de hombres. Caben en este campo de diecisiete a veinte mil, y habrán desfilado

unos sesenta o setenta mil. Un buen muestrario de tipos. Magnífica revista de la humanidad. Una humanidad

doliente, angustiada, anormal, en decadencia. 


Pero yo no me imaginaba entonces que a causa de la guerra todos saldrían a trabajar, a mezclarse con más o

menos libertad con la población civil, y que quedaríamos aquí sólo trescientos hombres... en ruínas! Los que

no servimos para nada. Ha quedado, podríamos decir que la escoria! Una selección a la inversa. Pero subsisten

las alambradas y continúan las barracas. Y el régimen de reclusión!


Estamos aquí solamente mutilados, inválidos, inútiles, enfermos. Todas las deformidades, todas las miserias,

todos los dolores. Cojos, mancos, ciegos, jorobados, contrahechos... Pasen, señores, pasen! Sin piernas, sin pies,

sin brazos, sin manos, sin vista, pero con paciencia!


Tantos males se ven aquí, ahora, no como antes diluidos, disimulados, escondidos entre la gente sana y normal,

sino unidos y apiñados, pero a la vez aislados y como abandonados en el sufrimiento. Esto es la especialización

del dolor!


Falta gente sana para hacer los servicios del campo, y andan buscándola. Los gendarmes hacen revisión tras

revisión -no sirven los certificados médicos y juzgan por las apariencias- una continua revisión de la gente que

parece más utilizable. Yo soy cardíaco, mi aspecto exterior resulta bastante satisfactorio. Después de estos

veintisiete días en la enfermería y cuatro en la barraca de convaleciente, el primer día de salir a la “vida normal”

he tenido que ponerme a transportar leña y a arrancar hierba durante dos días, hasta que al tercer día he tenido

que retirarme. El guardia que me requisó, al oír que yo estaba enfermo del corazón, me replicó que, sin embargo,

yo estaba bueno del estómago! Y me ponía el ejemplo de otro refugiado [al] que le faltaba un brazo, que con uno

solo arrancaba hierba. 


Y así he podido documentarme. Mi libro será un documental de toda clase de miserias. He debido hacer esfuerzos

de contención para que de algunas páginas no chorrease el pus, la sangre o la mierda!



                                                                ○○○ 



He dividido el libro en dos partes: “Tipos de hombres en ruinas” y “Narraciones de hombres arruinados”.

A guisa de “vidas paralelas”, yo he ido escribiendo -para no impresionarme demasiado, pues también estoy

enfermo, y escribiendo he tenido a menudo que enjugarme las lágrimas porque ya me ensuciaban las lentes

y me dificultaban la visión- la miseria de un “hombre en ruinas” y el dolor de un “hombre arruinado”. Que no

extrañen, que no detonen cierto rasgos de humorismo, de ironía! Aquí casi me he acostumbrado al espectáculo

del dolor!


Yo había sido muy sensible. Es que tengo mucha imaginación. Y la imaginación o la fantasía agrandan más todavía

el dolor que se percibe en la realidad, objetivamente. Lágrimas de niño! Me desmayaba -y esto me ha pasado

más de una vez, de modo que yo no serviría para médico- oyendo tan sólo narrar el curso de una operación

quirúrgica o viendo cómo me había salido pus por un orzuelo o bien a causa de una muela. 


Una vez, cuando era muy joven, presencié en mi ciudad natal, en Barcelona, en la calle Lauria esquina Provenza,

cómo un automóvil que venía por la calle Provenza quedaba atenazado entre dos tranvías que pasaban veloces

por la calle Lauria, el uno subiendo y el otro bajando y hacía descarrilarlos. Aquello me impresionó. Llevaron los

ocupantes a una farmacia y quedó el coche lleno de sangre. 


Ahora puedo decir que he visto varios “descarrilamientos de tranvías” y, si la sangre sigue impresionándome,

he cobrado más fuerza moral. 


Desde que “emprendí este viaje”- y he estado varias veces a punto de prolongarlo indefinidamente- creo que soy,

a pesar de mi endocarditis, un hombre de valor.


He descubierto el truco. Yo era uno de aquellos niños que pasa una noche llorando porque en una cloaca ha caído

o han echado un gatito. Ahora procuro distraerme, no ser un hombre, un filósofo, un moralista, sino ser

simplemente un repórter que hace fotografías y un escritor que hace descripciones. No diré que el dolor me

distrae. Quiero decir que el espectáculo del dolor procuro me distraiga del dolor mismo. Esto es la sublimación,

la evasión!


Así a veces me imagino que voy a hacer tan sólo cosquillas sobre la piel y me olvido de que estamos trabajando

en carne viva! 



                                                                    ○○○ 



Yo había trabajado en una compañía de seguros contra accidentes del trabajo y de responsabilidad civil, haciendo

correspondencia. Tenía allí que defender los intereses de la compañía, regatear las indemnizaciones. Con la legislación

de entonces, si se habían perdido las dos piernas, se cobraba más indemnización que si se había perdido “solamente”

una. La pérdida de dos dedos daba más dinero que la pérdida de uno solo. La pérdida de uno, más que la pérdida de una falange.

Nosotros cobramos mala indemnización, porque ha habido pocas pérdidas de falange! 


Y yo abandoné una buena colocación porque aquello me resultaba antipático. Poco sentido práctico! Demasiada

sensibilidad!



                                                                   ○○○ 



Y ahora me hallo aquí! Los mutilados a veces discuten entre sí, ante el anuncio de que el JARE les va a trasladar

a Montauban o a Orléans o bien les dará algún auxilio económico, respecto a quien tiene derecho a ser atendido

con más urgencia, quién está peor, quién inspira más lástima!


Así los pobres, a la puerta de una iglesia, muestran espectacularmente la deformidad más grande para recibir la

limosna mayor.



                                                                   ○○○ 



Los “hombres en ruinas” inspiran generalmente más lástima que los “hombres arruinados”. Pero, examinando

el caso de cerca, a menudo se aprecia en los “hombres arruinados” un más alto dramatismo. (Y hay casos en que a

la vez se es “hombre en ruinas” y “hombre arruinado”). Así varios amputados del brazo derecho, por no haber

lanzado a tiempo una bomba de mano, me dan lástima, pero a la vez me inspiran envidia por su juventud, por su

salud, por su vitalidad. En el fondo -perdamos por un momento la piedad!- se trata simplemente de un caso de

reeducación a efectuar.


He incluido varios de mis tipos, que quizá sentirían rubor de hallarse entre los “hombres en ruinas”, entre los

“hombres arruinados”! Pero, en el fondo, se trata de una mera cuestión de filología, de lingüística, de gramática.

Lo mismo da una cosa que la otra. Tanto vale una preposición y un sustantivo como un participio, categoría

gramatical que participa a la vez de dos elementos: en este caso, un sustantivo y un verbo. En ruinas o arruinado,

igualmente significa deshecho!


Yo, quizá por saber que la lingüística no es una ciencia exacta, no he sentido tales rubores: hablo de mí mismo,

me hago una especie de autorretrato, de autodisección en varios sitios y sobre todo en los dos cuentos finales,

en el cuento final de cada una de las dos partes del libro: “El poeta inválido” y “La sala segunda”. Para hablar

de sí mismo, hay que saber hablar con mucha elegancia: Para los demás, la piedad; para mí, la ironía! 


Pero es que yo conservo la fuerza interior, una fuerza moral. Yo “sólo” soy cardíaco!

Quizá esto realce mi personalidad de escritor: dirán, es que tiene buen corazón! 

Una cualidad como antiguamente era en ciertos poetas la tuberculosis: un enfermedad poética!




Campo de concentración de Bram (Aude)

        

                                                                 


1. El cadáver viviente


Era un tuberculoso cadavérico. Ya en la playa de Argelès le llamaban « el cadáver viviente ». 


Estaba, como yo, en el campo n° 7 bis, de funcionarios públicos. Pertenecía al cuerpo de correos. 


La última de las tres barracas que me cobijaron en Argelès, progresivamente construidas según iban arreciando

las lluvias vespertinas, los vientos nocturnos o las heladas matinales, estaba ocupada casi por entero por

funcionarios de justicia, que parecían participar en la construcción de aquella barraca como si se tratase de la

construcción de una nueva torre de Babel. 


Pero al ir en un tren especial de Argelès (Pirineos Orientales) a Bram (Aude), un día y una noche, ésta pasada

estando el convoy parado en la estación de Narbona- me desintegré del grupo primitivo y fui a parar en medio

de otro grupo de PTT funcionarios de correos, teléfonos, telégrafos, entre los cuales se hallaba el ‘cadáver viviente”. 

El campo de concentración de Bram nos acogió con un tiempo infernal, si es que en el infierno llueve copiosamente

y hace un viento huracanado, pero a pesar de los demás tristes recuerdos y, todavía, de sus melancólicas realidades,

yo lo miré con agradecimiento, pues nos brindó, después de los veintitrés días pasados en el caos de Argelès,

un poco de orden, de sosiego, de calma, de tranquilidad!


Al llegar al campo, avanzando penosamente por el fango, cargados con nuestros equipajes, nos hicieron aguardar

en una gran explanada, y cuando la lluvia cesó de ser tan molesta, nos registraron minuciosamente los equipajes.

Un guardia móvil, a quien tuve que dar en francés explicaciones, al parecer satisfactorias, sobre ciertas particularidades

del contenido de mi mochila, me indicó que aguardase en una fila especial. 


Después de la demostración de que yo no llevaba armas, ni oro, ni alhajas, ni cuchillos, ni mechero, tuve que

referirme al último paquete de mi equipaje, un envoltorio coquetón, cuidadosamente hecho por manos femeninas....

pero sospechoso! Se trataba de un kilogramo de terrones de azúcar que yo había recibido, primer socorro de mis

amigos de Francia, para combatir el hambre- más que por falta de alimentos, por falta de orden- en la inmensa

playa de Argelès.


Y el guardia móvil sonrió al ver que aquello era inofensivo azúcar! Y sonrió más -de todo había que justificar el

origen al oír que aquello me había sido remitido desde Toulouse, según rezaba el envoltorio, y ¡que era un dulce

regalo de una dulce amiga de la dulce Francia!


Me aclaró dulcemente que los hombres apartados en aquella fila, eran los que sabían el francés, y que seríamos,

en el campo, jefes de barraca, uno por cada cien hombres, o jefes de grupo, uno por cada veinte, principalmente

encargados de distribuir el rancho de cada barreño, o bien de medir con un doble decimetro el “foie-gras” de

una grandes latas, o de ir adjudicando, cuando en la cocina había habido sobras, ¡el derecho a reenganche! 


Así me hallé elevado a la categoría de “enchufado” y me hallé investido de poderes dictatoriales, honrado con

une jerarquía casi militar, ostentando el cargo de jefe de barraca,- no lo ostentábamos, porque nos metíamos

el brazal en el bolsillo y solo lo sacábamos cuando nos era preciso a guisa de “laissez-passer”, hasta que el día

de la visita del ministro Sarraut nos dieron brazales nuevos y “obligatorios”- y con la facultad de recurrir a la

ayuda de los soldados o de los gendarmes en casos de desobediencia.


Pero no sé que ninguno de los ciento sesenta jefes de barraca usase de rigor hasta el punto de “mettre en prison”.

Contrariamente, sé de dos jefes de barraca que fueron destituidos y puestos en prisión, a pan y agua durante tres

días no sólo porque no hacían cumplir la orden de no fumar en la barraca, sino porque la incumplían ellos mismos.

Yo no soy fumador. Pero comprendo que los demás fumen. Es así que, al marcharme para el refugio de intelectuales

de Montolieu, después de actuar cuatro meses como “jefe” en la barraca 65, mis cien hombres me acompañaron

hasta la puerta del “Quartier D”, me cantaron el “Himno de la barraca”, me obsequiaron con un “ponporonpón”

de honor, me ovacionaron… y vitorearon al “botones” de la barraca!



                                                    ○○○ 



Los primeros días tuve mucho trabajo en hacer listas, innúmeras listas que luego servían de base en el comisariado

para hacer fichas. Por orden alfabético de apellidos, por profesiones, listas de heridos, de enfermos, etc... 


Entre los muchos detalles, entre las muchas cosas de que yo era “responsable”, estaba la cuestión de la sanidad.

Cada mañana yo acompañaba a la enfermería a los heridos o enfermos leves de mi barraca, y cuidaba de pedir y

luego repartir, entre los que no habían podido acompañarme, aspirina, salicilato, bismuto, diversas píldora,

gasas y otros medicamentos o materiales sanitarios. Pero nunca podían darme toda la cantidad pedida y quedaba

a mi arbitrio, como jefe de barraca, la distribución equitativa de aquello que yo buenamente había podido obtener. 

Un día “el cadáver viviente” me devolvió unas píldoras que me había pedido contra la” bronquitis”. Un amable

oficioso vino a advertirme que no debía aceptar devoluciones y me previno que aquel enfermo no tenía bronquitis

como él decía, sino que era “un tuberculoso perdido”. Realmente, hasta su voz era cavernosa y su aspecto intranquilizador. 

Hice gestiones para que le hospitalizaran, pero resultaron infructuosas, ante la enorme afluencia de heridos o enfermos.

Se encogían de hombros, discretamente aludían al principio sanitario de atender con preferencia a los que realmente

se pueden salvar. 


                                                            ○○○ 



Si yo le llamaba germanófilo, él me llamaba catalanista.


Yo no soy germanófilo en un determinado sentido de la palabra, pero los catalanes nos sentimos generalmente

más Nuestro tuberculoso empeoraba de día en día. Sin que él lo advirtiera le aislábamos, tomábamos alguna

medida, pero la aprensión iba ganando a toda la barraca. ¡Comíamos el mismo rancho y en las barracas estábamos

todos tan juntos.


Un día sus compañeros le llevaron a la enfermería, a ver si allí finalmente se resolvían y aceptaban el hecho

consumado. Pero el enfermo tuvo que ser vuelto a nuestra barraca, porque no se habían hecho ciertos trámites. 

Cuando ya se hallaba constantemente tendido en su cama, con sus mantas, sobre la paja, diariamente yo hablaba

de nuestro enfermo al Teniente ayudante, al darle el parte cotidiano. ¡E insistía, inútilmente, en todas las ocasiones

posibles! Nos hacían promesas vagas, que no hallaban nunca realización. El Teniente se limitaba a entrar en

nuestra barraca, a saludar al enfermo, que apenas contestaba. 


Fuera de la barraca yo insistía: ¡que muera al menos en la enfermería!



                                                            ○○○ 



La visión del enfermo entristecía a toda la barraca. Ya no podíamos cantar en la noche, como hacían en otras

barracas. Nos circundaba la emoción de la muerte que va  a entrar en una casa. Sus íntimos leían al enfermo

cartas de su esposa, a veces simulaban haber recibido por algún amigo noticias de su esposa e hijitos, que tenía

en Francia, en otro campo de concentración.


Finalmente, una mañana el Teniente prometió formalmente que a la mañana siguiente sería trasladado el enfermo.

Pero este pasó el día agonizando, no llegó a ser trasladado a la enfermería. Murió en la barraca entre nosotros,

con nosotros, a las once de la noche del 10 de marzo 1939.

                                                                ○○○ 

Pasó el día delirando y haciendo unos gestos extraños. Intentaba persignarse. Con su voz ronca, apenas perceptible,

pronunciaba el nombre de su esposa y llamaba a sus hijos, que sus compañeros conocían. Alguno lloraba. El

nombre de su esposa se percibía distintamente. Entre el lecho del enfermo y el mío había tres lechos de paja.

El moribundo alzaba los brazos y los dejaba caer, como en un gesto de desesperación…


Y vino la noche. Como en todas las barracas, no teníamos luz. Todo el mundo callaba. Nadie se daba las buenas

noches. Todos nos acostábamos con el pensamiento obsesionado por la consideración de que entre nosotros se

hallaba un agonizante. ¡Y en qué circunstancias!


Reinaba un silencio absoluto. Parecía que todos durmiésemos. ¡Pero nadie, o casi nadie, dormía! En realidad,

estábamos todos velándole. En silencio. En la obscuridad. Ni un rumor familiar, ni la luz de un cirio.

El silencio de la muerte. La oscuridad de la muerte. ¡Yo me acordaba de que muchos años antes, el mismo día,

había muerto mi madre!



                                                                ○○○ 



La noche, aquella noche, se hacía larga… ¡se hacía tal como la presentíamos, tal como la habíamos adivinado!

El compañero que dormía al lado del enfermo, el que le daba sorbos de leche condensada fría el que le sentía

moverse, respirar, me llamó… ¡“le había parecido” sentir que se moría!


Yo era el jefe, era el “responsable”. Era natural que su compañero me llamase a mí. Y, como era natural,

yo le tenía que “responder”!


Me levanté. Fui no a ver al que había muerto. A hacer compañía a su compañero.


Todos en la barraca parecían dormir, o simulaban dormir. Miedo o aprensión. O discreción. O respecto. 

Al fin empezaron a cuchichear: 

-¿Ya?

-¡Ya!

Esa fue la oración de difuntos.



                                                                ○○○    



Yo fui a avisar a un médico que dormía en una barraca contigua. Se levantó y vino. Al principio, malhumorado.

¡Hasta que recordó que era médico! Ya sabíamos que no podría prestar ningún auxilio. Se limitó a certificar

la defunción, a hacer la afirmación definitiva. 


Pronunció las palabras:

-Es verdad… ¡ya no vive!

¡La negación suprema!


                                                              ○○○


 

Parecía haber transcurrido ya toda la noche. A la luz de un mechero, miramos un reloj. Alguien pronunció:

-¡Solo las once!

Entonces, nos pareció que la noche empezaba tan sólo a transcurrir!



                                                                    ○○○    



Con el leve ruido de los pasos, de las conversaciones, todo el mundo se levantó. Y como hacía un frio atroz,

caminábamos a lo largo del pasillo, paseando por dentro de la barraca. Hasta que algunos, a pesar del frió,

empezaron a pasear… ¡por fuera!



                                                              ○○○ 


A las seis daban el café. Así que los de la cocina empezaron a prepararlo, me fui con algunos allí a calentarnos

y a dar la triste noticia. El alba aparecía, lívida, lúgubre…


                                                              ○○○ 


Volví a entrar en la barraca con un gendarme. El compañero del difunto y yo, como jefe de la barraca, hicimos, e

n presencia del gendarme, el inventario de los objetos, para ponerlos a disposición de la viuda. 


El compañero del difunto, por fortuna, era un hombre fuerte, nada aprensivo. Hizo él toda la tarea. Según el

gendarme, él y yo o yo y el teníamos que hacer algo así como “vestir al muerto”.


Mi compañero en la funeraria tarea tuvo un momento de sorpresa, de indignación:


-¡Después nos quejaremos de que los gendarmes nos registran!


El  reloj de pulsera del difunto no aparecía por ninguna parte. Muchos expresaban su estupor, más que su

indignación. Se oían palabras de protesta e insinuaciones, dirigidas a mí, de carácter poco enérgico, sobre

“lo que había que hacer”. Pero renacía la tranquilidad. El honor de todos estaba a salvo. El tuberculoso

fallecido estaba tan delgado, que el reloj de pulsera había subido brazo arriba, por encima del codo.

Yo di un suspiro de alivio. De no haber aparecido el reloj, ¡hubiera tenido que tomar medidas!

¡Una vez más, yo era allí el “responsable”!


                                                              ○○○ 


Pusimos al muerto encima de una camilla y le tapamos con sus mantas.

El café se repartió a todos en la barraca, en el lugar de costumbre, no lejos del difunto.

Sólo al mediodía los de la cocina, siguiendo los trámites burocráticos, ¡dieron una ración menos!


                                                                    ○○○ 


Sus compañeros, los PTT, le llevaron en seguida al depósito. Luego, de allí fue llevado al cementerio. 

Yo, naturalmente, cumpliendo un deber de mi cargo, asistí al entierro. Me hallaba emocionado, cansado

por las emociones y por la fatiga corporal. 


Al volver del entierro, me enteré de que casualmente mi amiga, la dulce autora del regalo de azúcar, había

venido desde Toulouse a verme por primera vez.....¡sin conseguirlo!


Se limitó a dejar un paquete con comestibles… entre ellos, leche condensada y frutas. Todo a propósito para

mi salud. Estuve dos o tres días sin probar el rancho, algo enfermo, con una de mis pequeñas crisis cardiacas,

sin que llegase a haber colapso…


Después de mis emociones, del cansancio, de la noche en blanco, la desilusión de no ver a mi amiga francesa.

No pude verla y darle personalmente las gracias, pero le escribí que aquel, de entre mis pequeños ataques,

había tenido por causa remota mi simpatía por el espíritu de Francia, mi conocimiento de la lengua francesa…


En la actuación mía de aquella noche, ¡me lucí come jefe de barraca!



2. El hombre de las tres piernas


Un día, yendo a la fuente a llevar mi cantimplora, tuve que aguardarme.

Un mutilado estaba también llenando una botella, y se movía difícilmente. Me ofrecí a

llevar su botella hasta su barraca, y él me dio las gracias con una palabra y una sonrisa. Pero era una sonrisa de

superioridad! De suficiencia!


Podía, sabía moverse ágilmente. Pero de qué modo más extraño!


                                                                ○○○ 


Se movía, balanceando la botella en la mano con ese gesto de los basureros que se agachan para recoger papeles

o con el disimulo de la que aquí van a caza de colillas.

Me quedé mirándole. Usaba un bastón. Pero su bastón, a guisa de muleta, lo apoyaba en el suelo, lo manejaba

de un modo extraño. De lejos, parecía un hombre con tres piernas. Ponía el bastón, corto, de un modo que

parecía que iba a saltar por encima de él. Luego le servía de palanca jamás vista, y así se alejaba... Era una

cosa tan rara, que no la sé describir.


Pregunté qué es lo que tenía, por qué iba de aquel modo, y me respondieron que aquello solamente lo hacía para

los trayectos cortos, para ahorrarse el tener que emplear otra muleta, una verdadera muleta, una muleta grande,

en vez de servirse de aquel bastón.


Así yo voy a la fuente, sin lentes, al lavarme la cara, pero luego, durante todo el día, las gafas no se apartan de mi

nariz. Después le he visto y me ha hecho otra impresión, menos mala. Es que se trata de un espíritu inquieto y va

probando diversos bastones o muletas, a ver cuál le hace un andar menos extravagante. Parece, o mejor dicho es,

un poco jorobado. O quizá todo le proviene de las piernas. La cabeza gacha, el muslo derecho le retrocede...

No sé lo que tiene!


                                                                ○○○ 


En uno de nuestros festivales -yo también era uno de los ejecutantes- tomó parte “el hombre de las tres piernas”.

Estaba sentado junto a mí, en un lugar reservado para los que habíamos de declamar o cantar, junto a una pequeña

orquesta y cerca del micrófono. Un gran micrófono de madera y cartón, pintado de negro, pues los organizadores

querían imitar, en broma, una emisora radiofónica.


Era uno de los festivales de más solemnidad. Hasta habían hecho programa. Cuando le tocó el turno al hombre

de las tres piernas, ya se había preparado una especie de escenario personal con bastones, sillas, maderas, puntos

de apoyo.


Se erguía todo él, con un gesto de orgullo, la faz arrogante, la mirada risueña... No sólo parecía, era otro hombre...

Y nos cantó varias jotas -él era aragonés-, una de ellas la mejor que yo haya escuchado


en toda mi vida. Tenía una voz privilegiada, y cuando su voz adoptaba el tono realmente adecuado, nos hacía

oír canciones que eran algo de maravilla.


A pesar de que los organizadores habían prevenido que no se repetiría ningún número para no prolongar el

espectáculo -allí se imitaba, en broma, todos los detalles posibles, y en la realidad debíamos atender, si no las

indicaciones del empresario, las órdenes del Comandante del campo-, nos repitió, después de muchos aplausos,

aquella jota estupenda y un “vals criollo”, muy bonito, que aquí se ha popularizado mucho. Yo me acordé

siempre de ese vals. Cantándolo, veré siempre la faz luminosa de aquel mutilado!


Al terminar su número, atronado por los aplausos, estaba radiante.

Hubo otros números; uno de ellos literario, a mi cargo. También tuve mi éxito. Declamé

dos poesías mías, muy sentimentales. Una de ellas acabada de publicar en una revista de Chile,

dedicada al recuerdo de mi esposa y de mis hijos. Era la expresión de lo que sentimos todos los que

tenemos lejos -tan lejos!- a nuestra esposa y a nuestros hijitos.


                                                                ○○○ 


El hombre de las tres piernas y yo nos hemos hecho muy amigos.

Ya no me produce tanta tristeza su desgracia exterior. Tiene una gracia interior, una

buena voz y un alma de artista.


Y aquella noche intimaron nuestras almas. Mientras él se iba a su barraca, después de

escuchar los aplausos, después de haber lucido por unos momentos su arrogancia, recobraba su aspect

o humilde y se perdía en la noche renqueando de aquella manera original.

Yo, también contento de mi éxito, aun pensando en mi mujer, en mi hijito y en mi hijita, había visto mi dolor

sublimado por una brillantez literaria y fundido en el dolor colectivo.

Pero, al entrar de nuevo en mi barraca, para tenderme en el suelo a dormir, volvía a

hallarme sólo en la noche, volvía a experimentar mi dolor personal.



9. La “Madelón”


Entre los diversos tipos que más fuertemente han herido mi retina y que me ha inspirado la idea de recoger todo

su dramatismo en este libro de “Hombres en ruinas”, está ese joven, no mutilado de guerra, pero sí mutilado

espiritual, al cual la ironía infusa en este campo de concentración ha dado este nombre: “La Madelón”.

No es precisamente la antigua cantinera, fácil y asequible a todos los soldados; no es un mutilado que inspire

piedad por la pérdida de algún miembro: él tiene, al contrario, una plenitud física que parece envidiable;

aparentemente no inspira compasión por ninguna deformidad; pero me pregunto si él conserva, a pesar de no

haber sufrido los efectos de una bomba de mano, de un obús o de la metralla, la integridad corporal, y de él

puede decirse, con más propiedad todavía que en cualquier otro caso, con una propiedad aterradora, que es

realmente un “hombre en ruinas”...


No deja de someterse a la disciplina; cumple a los ojos de todos con las ordenanzas del campo; sabe evitar la

imposición de sanciones o castigos; pero en su hablar y en su mirar se le descubre enseguida una conducta

digamos “caprichosa”, se le nota la decrepitud o la mutilación de un cuerpo arruinado, se le ve que... es “la Madelón”!


                                                                ○○○ 


Dicen, los que le conocían, que era un hombre normal y se comportó normalmente durante toda la campaña;

aquí empezó a “alterarse” y a buscar -y a hallar!- lenitivos o sustitutivos , en la misma manera en que nosotros

recurrimos a la achicoria y a la margarina, en vez de alimentarnos con café y con manteca; él es, en cierto punto,

una víctima más de estas tristes circunstancias; el sufre una especie de “avitaminosis” espiritual y una desnutrición

moral; perdió su elegancia masculina aquí, en esta “promiscuidad”, así como otros han perdido la elegancia corporal

-cojos, mancos, contrahechos de toda especie- en los combates o en los bombardeos. Existen aquí autoridades, policía

sanitaria y de otra índole, pero, en las circunstancias en que vivimos hacinados, para ciertos crímenes no hay más

policía que la propia conciencia!


                                                                ○○○ 


Yo le he podido ver muy de cerca en cierta ocasión en que él cantaba o participaba en una especie de cantar

colectivo, y su pretexto de manifestar de alegría, de llevar un compás, de moverse a ese impulso que la música

parece comunicar aun a aquellos que no bailan, se entregaba, diríase que inconscientemente, con uno de sus

compañeros, a torpes, por los menos inoportunos contactos.


Y la evidencia se agudizó un día que llegaron de Argelés un centenar de muchachos jóvenes, separados de sus

madres, de sus familias, porque estaban ya algo crecidos y las autoridades de aquel campo -donde hay ahora

mayormente mujeres- querían ahorrarse complicaciones y evitar ciertos inconvenientes.


Algunos de esos muchachos se alaban ante nosotros, hombres en la madurez de la edad, en toda la plenitud sexual,

de sus aventuras o de sus éxitos en la inmensa playa de Argelés.


Y a los pocos días oí cómo uno de esos muchachos se jactaba de poder continuar aquí con éxito su carrera,

proseguir sin descanso sus aventuras. Y aquí no hay mujeres... Estamos sólo hombres! Hay, en cada “quartier”, mil

setecientos hombres... con algunas excepciones!


Las suficientes para permitir que a la “Madelon” le haya ido creciendo la clientela!




[67?] La guardia civil


Como en estos campos está rigurosamente prohibido cantar canciones, corre por aquí una letra que se canta,

a veces con religioso silencio, con la música que se adoptó para su himno.


No la recuerdo bien, pero... en fin!

“Nuestros hogares, nuestros hijos, quizá nos los veremos más, nunca más!

Porque la sarna y la colitis nos llevarán a Montreal.

Maldigamos a la gente que se produce tan brutal, peor, peor que aquella guardia tan incivil y criminal!”


Yo puedo hablar de eso con serenidad, porque a mí, personalmente, me trataron bien la guardia civil y la

gendarmería. Un leve puntapié y un ligero insulto no cuentan para un hombre que no sea rencoroso.

La primera vez que fui detenido, en España, hubo “estopa”. Me hallaba en unos calabozos bajo la escalera

de una Casa Consistorial. Y de allí iban sacando a mis compañeros para llevarlos a una pequeña pieza

estratégicamente situada donde “les tomaban declaración”. Volvían llorando de dolor y algunos, los más valientes,

de rabia, con el cuerpo amoratado jurando vengarse y maldiciendo al procreador femenino de aquellos desalmados.

Los bofetones y puñetazos eran cosa sin importancia. Les dolían las huellas de culata y de correas, con apéndices

metálicos. Una estela de sangre se dibujaba en el océano de su dolor.


Yo me estaba -estoico e impasible?- quieto en mi rincón, brutalmente anonadado. No razonaba. Casi no sentía.

Sentía simplemente la proximidad de las cosas inevitables. Deben sentir algo así, pero enormemente superior,

los condenados a ser fusilados.


Después del último apaleado, con las esposas puestas y los puños sangrando, entré yo. Alguna vez tenía que

salvarme mi categoría de intelectual.


-Vosotros sois los canallas!


Escribiendo eso, tengo que recurrir al eufemismo.


Entré en el calabozo definitivo al impulso de un puntapié, agravio moral más que ofensa efectiva.

Quizá tuviera en consideración que yo fuera funcionario público y que yo había alternado –o oficio- con algunos

de sus congéneres, guardias civiles rurales, de los que caminan junto a las cunetas de las carreteras, y hasta mi

mujer les había ofrecido, en tardes de verano, una silla en mi sombreado huerto y un vaso de limonada.


                                                                ○○○ 


He ido en vehículo y en “conducción ordinaria”, y he sido detenido por cuatro distintas clases de uniformes.

Yo, que no soy anarquista, tengo, como ellos, ciertas supersticiones. Así como ellos tienen una verdadera fobia

contra la moneda –yo la tengo contra el reloj y el calendario!-, a mí me rebela extraordinariamente el espectáculo

de los uniformes. Me causan una repugnancia, ideológica y estética, que llega a revestir caracteres físicos, una

náusea real que sacude mis nervios y mis órganos digestivos. Me hace el efecto que continuamos en lo medieval,

me produce la impresión de una opereta… aburrida! Soy neutral. No tengo simpatía ni antipatía! –más bien siento

antipatía!- por un determinado uniforme, y me es igual el tricornio que el gorro plano.


                                                           ○○○ 


Yo he presenciado cómo un guardia móvil francés quitaba a un oficial del Ejército Popular del gobierno legítimo

de la República Española, la estrella roja de cinco puntas de su gorra de uniforme. Quizá porque esto me

impresionó, no me ha impresionado tanto el espectáculo de puntapiés, puñetazos, bofetones, empujones, golpes

y otras ofensas a los refugiados. Pero yo intervine. Pasaba casualmente por allí, yo llevaba el brazal de jefe

de una de las barracas del campo de concentración. Mi conocimiento del francés y mi indignación me dieron

elocuencia. Exigí, obtuve que aquello se hiciera con cierta dignidad. En lengua francesa se me dieron explicaciones…

Y yo, intérprete ocasional, las transmití, consolé a aquel compañero, ayudé a salvaguardar algo de la dignidad de aquel hombre.

Soportó el despojo, la degradación, como si le hicieran un fusilamiento, él de pie, y a una voz de mando!


                                                             ○○○ 


Mi epidermis moral siento más lo punzante de ciertas preguntas de un vulgar corchete, que el inquisitorial

interrogatorio de un juez de instrucción o la aplastante lógica de un fiscal en un Consejo de Guerra! Más el

necesario sustentáculo de un banquillo de acusado, que la dolorosa opresión de las esposas en mis muñecas de

arterioesclerótico!


A mí no me han pegado, pero me han hablado en un tono… que yo sólo pude oír de mi padre o de mi maestro!


                                                            ○○○ 


Sin embargo, no hay que exagerar. No hay que tomar las cosas, innecesariamente por lo trágico!

He presenciado muchos casos en los que la diversidad de idiomas, el no poder hacerse entender, ha producido

catástrofes! Tanto por parte del que golpea, que quizá vería disminuida su brutalidad gracias a la sonrisa del

lenguaje y espiritualizado su humano furor por la gracia divina del Espíritu Santo, como por parte del que es

golpeado, que quizá podría alegar algo en su defensa, sentirse civilmente asistido, mostrarse sereno, en vez de

complicar la cosa con un vago gesto de odio y una muda protesta! Ello sólo tiene la eficacia de desencadenar

aún más el orgullo y la vesania del ofensor, embriagado en su superioridad porque, mientras el ofendido queda

mudo de estupor y mudo por desconocimiento de una lengua, aquél goza de la expresión y de la elocuencia de un

contundente lenguaje!


He aquí la razón, el motivo por el cual muchos refugiados españoles han cantado ahora las excelencias de la guardia

civil, incluso un gitano como Helios, especializado en caricaturizarles en sus dibujos. Los guardias civiles eran

brutales pero… hablaban en castellano! La patria no puede negarse. Nada puede ser negado totalmente.


No exageremos! La tragedia no consiste en hallarnos en Francia, país que yo os digo que –a pesar de todo!-

muchos de vosotros conocéis mal, sino en ser, en Francia, españoles, refugiados.

Nuestro drama es el ser refugiados españoles!



3. El aviador mutilado


Como en el caso de “El barbero con once hijos”, voy a intentar reconstruir mi cuento “El aviador mutilado”.

Ese escrito perdió también una pierna y hasta la vida, anduvo mal y anduvo mal guardado y acabó por volar...

Los frecuentes cambios de barraca me cansan y me hacen cojear, y mutilan mis escritos.


                                                            ○○○ 


“El aviador mutilado” era un joven vasco. Como Unamuno, era un vasco castellanizado. Como el gran

Unamuno, tenía facetas opuestas, contradictorios aspectos. Éramos muy amigos y habíamos tenido algunas

discusiones.


Pero nos conocíamos y nos apreciábamos. (Nos cascábamos y nos teníamos estimación. Nos valorábamos

recíprocamente y nos teníamos por hombres de valor). Nos dispersamos cuando él partió de Bram con una

agrupación de refugiados vascos.


Trabé conocimiento con él en el refugio de Montolieu. Convivimos largamente en el campo de Bram. Los hombres,

en un campo de concentración, se conocen aunque no quieran. Sufren una concentración los pensamientos

y hacen explosión los sentimientos.


                                                            ○○○ 


El joven aviador era un hombre de veinticuatro años. Tenía veinticuatro años cuando le conocí, cuando ya no era aviador,

cuando ya había perdido la pierna, cuando ya no era todo un hombre, cuando se le había arrancado una de las cuatro alas

con que manejamos el biplano que es nuestro cuerpo.


Aun faltándole una pierna, tenía una rara movilidad. Gesticulaba alzando su muleta, moviéndola como una batuta

o un bastón de mando; corría, saltaba, brincaba; suplía la pierna amputada con su riqueza de movimientos en las

restantes extremidades; peleaba, hacía esgrima y gimnasia; acompañaba sus movimientos rápidos con rápidas

palabras y de su boca salía un continuo: Pim, pam, bum... Como ciertos jóvenes atletas. Era ruidoso. Como aviador,

era dinámico.


Nos contaba las mil y una horas de vuelo; las mil y una noches de angustia; los mil y un reconocimientos médicos

a que debe someterse un joven aviador; las mil y una pruebas de capacidad en todos los órdenes que se debe dar

para demostrar que se es un aviador probable; las mil y una incidencias del aprendizaje; las mil y una hazañas

del combatiente; y una sola heroicidad que valía por mil. Aquel hombre que tenía una buena vista, unos buenos

nervios, un buen corazón y unos buenos pulmones, ya no tenía una mala pierna.


                                                            ○○○ 


Era comandante de aviación, militar profesional.


Es natural que uno improvise con ardor y con inteligencia cuando se requiere una rápida e inmediata prestación

de servicios; pero no lo es menos todo lo contrario: el orgullo de la no improvisación! Él aprovechaba cualquier

oportuna ocasión para señalar que él era un militar de los antiguos; para desvanecer la extrañeza de la cara

de su interlocutor, pronto hacia una espiritual rectificación: -¡Pero soy de los modernos!


Él era un hombre moderno, liberal... Estaba al lado del pueblo. Era un militar que nunca se había sublevado.

Estaba al lado del pueblo y estaba al lado del Gobierno.

                                                            ○○○ 

Cuando quería protestar de algo se acercaba alzando su muleta:

-¡Vive Dios!

E imitaba expresiones del castellano antiguo: malandrín, follón, hideputa...

Había sido aficionado al teatro clásico, estudiante -tenía en España una novia-, deportista, teniente, capitán,

comandante… Había viajado, hecho prácticas de vuelo en la U.R.S.S.

¡Había hecho tantas cosas! Había hecho la guerra y había perdido la pierna.

Todo esto a los veinticuatro años.

- ¡Vive Dios!


                                                            ○○○ 


Ya no era un brillante oficial. Era un pobre mutilado.

Ya no era un bizarro militar. Era un rojo desastrado que se pudría en los campos de concentración de Francia,

un pobre diablo que esperaba el giro mensual del S.E.R.E.  para comprarse comida.

Ya sólo explicaba, no hacía hazañas. Pero alzaba y sostenía por un momento enérgicamente su muleta. No la muleta

le sostenía a él.


                                                            ○○○ 


Le reproché un día su desmesurada admiración por Alemania. Alemania es nuestro enemigo. (Pero quizá nuestro

enemigo sea tan sólo una pequeña parte de ese gran pueblo que es Alemania. ¡La gran Alemania enferma de un

delirio de grandezas!).


Él argumentaba y argumentaba. Todos sentimos supersticiones y caemos en sofismas.

Éramos algo enemigos en el campo de la dialéctica; pero nos entendíamos con el corazón.

Un día le hice enfadar llamándole germanófilo. Le dije que tenía o parecía tener la germanofilia típica de los

germanófilos españoles del 1914 – 1918. La germanofilia de siempre: es un virus permanente.

Nuestras discusiones se terminaban siempre con su exclamación:

- No hay más remedio que admirar a Alemania. No hay más cojones…

Para terminar amigablemente la cosa, yo me dejaba convencer un poquito. Hitler, con su conquista de Europa,

también me ha asombrado a mí y ha logrado volverme algo germanófilo: siento ahora simpatía por el Kaiser…


                                                            ○○○ 


Cuando estalló la segunda –la tercera, pero para mí es la segunda- guerra franco-alemana el 2 de septiembre

de 1939, el aviador mutilado se hizo voluntario. Hacían una lista de refugiados españoles que querían hacerse

voluntarios. Creía el aviador mutilado que podía enseñar teoría de aviación:

- Mira, un aeroplano es como un automóvil…


Pero las autoridades francesas acogieron sonriendo su ofrecimiento y le dieron teóricamente las gracias.

partícipes en la vida europea que la mayoría de españoles y por nuestras venas corre sangre visigótica. En el tronco

común latino, catalanes y castellanos revelamos, acusamos una diferencia quizá debida a la aportación de

elementos distintos: por parte de los catalanes una influencia visigótica –y parentesco histórico y lingüístico

con el sur de Francia- y por parte de los castellanos la sangre árabe. (Recordad la sangre andaluza).

El castellano es muy dulce y rico en vocales. El catalán tiene más riqueza consonántica, es enérgico y

para muchos parece duro. El catalán tiene sonoridades alemanas: en catalán decimos blau y mi primer apellido

es Grau. A pesar de que mucha gente encuentra áspera la pronunciación catalana y alemana, en catalán y alemán

hay bellísimas poesías. En la España del sur, en Andalucía, cantan como los árabes. Los gallegos cantan y lloran

como los portugueses. Los catalanes somos en la meridional España la gente más nórdica. En el viejo solar ibérico

la variedad es el fenómeno más evidente, pese a los unitaristas.


Para hacerme amigo del aviador mutilado –vasco castellanizado, vasco mutilado- y para disminuir nuestras

diferencias, yo –catalanista que escribe en castellano- le hablaba del federalismo. Le decía que el amor a

Cataluña y el amor a Euskadi –a cada cual, lo suyo- no es más que el amor a España. (Y hasta, en su tiempo y lugar,

el amor a Castilla).


Una vez, en Barcelona, en mis tiempos de nacionalismo juvenil, pude presenciar una curiosa escena: un jefe del

ejército gritaba montado en su caballo:

- No seáis brutos: han gritado “¡Gora Euzkadi!” y no “Mori Espanya!”.


Esto ocurría delante del Hotel de Inglaterra –donde está hoy el nuevo edificio de la Telefónica- que alojaba a

los nacionalistas vascos que habían venido a Barcelona a celebrar un acto de confraternidad vasco-catalana.

Aquel inteligente jefe del ejército se proponía cortar una carga. En Madrid se han equivocado, no han sabido

enfocar la cuestión y no han visto que el veneno de Cataluña podía contrarrestar el veneno de Vizcaya y viceversa.

Los dos venenos se neutralizaban y se convertían uno en antídoto del otro.


Todas las represiones de ciertos militares españoles contra el catalanismo –Primo de Rivera, Franco- no reposan

más que en una trágica incomprensión. Aquel militar montado a caballo que había sabido comprender, resultaba

todo lo contrario del caballo de Atila. Gritar “Gora Euzkadi” no es gritar “Mori Espanya”. Gritar “Gora Euzkadi

askatuta” y “Visca Catalunya lliure” no es nada más que gritar “Viva España libre”!!.

Rafael Altamira, en su obra “Psicología del pueblo español”, ha escrito:

- Si todas las regiones pidieran a un tiempo la autonomía, ¿en nombre de qué podría el Estado negársela?


Ese es el federalismo de los catalanes, del gran Pi y Maragall, que no supieron mantener e instaurar la primera

o la segunda República. En el fondo, por esa ineptitud de los políticos yo me hallo aquí escribiendo desde

el fondo de un campo de concentración extranjero. Y, aunque parezcan desplazadas ciertas  digresiones mías de

índole política, siempre resulta de actualidad pensar en España y hablar de España. ¡Amar a España!


                                                            ○○○ 


El aviador mutilado me hizo un regalo. Un regalo para mi hijito. Un pequeño avión construido por el aviador.

Por el aviador mutilado. Di las gracias y lo acepté como un pequeño juguete, como una gran reliquia.

Será un recuerdo de estos momentos, un recuerdo –de su padre- para mis hijos.


                                                            ○○○ 


El aviador vasco sólo me dijo que estaba pintando en el avión una bandera que no era la española.

Como el constructor del avión sabía que mi hijito se llamaba Jordi, ¿quizá pintaría en las minúsculas alas la bandera catalana?

En el avión de mi hijo vuela la bandera vasca.


                                                            ○○○ 


Yo, ex-encarcelado y perseguido como separatista catalán –las lágrimas de esposa e hijos producen más odio

que las lágrimas propias-, creía el aviador mutilado que no vería con gusto pintada en mi avión la banderita

española. Pero yo, correspondiendo a la delicadeza del aviador, he querido por el contrario echar a volar

–en ciertos puntos de este escrito- una especie de gran bandera española.


                                                            ○○○ 


El aviador mutilado nos explicaba cómo había perdido la pierna. Volaba por el cielo de Cataluña. (¡Oh, el cielo de

Cataluña!). Fue poco antes de nuestra retirada. El aparato del aviador español era atacado por un avión alemán.

Tenía ya importantes averías. No era posible resistir.


Pero el aviador español –que entonces no era mutilado- tomó una resolución histórica: lanzarse contra el aparato enemigo.

Chocaron, y ambos aeroplanos cayeron en tierra. Al aviador alemán, le enterraron, al aviador español, que se lanzó

en su paracaídas, sólo hubo que cortarle la pierna.


                                                            ○○○ 


 “No hay más remedio que admirar a Alemania. No hay más cojones…”

Pero… hay también los cojones del aviador mutilado…



4. El Muerto de Hambre


Autor escribe: Las líneas todas en blanco y las palabras en tinta encarnada fueron comidas por las ratas.


Quería titular este cuento “Los muertos de hambre” porque ello respondería más a la verdad histórica; pero lo

titulo “El muerto de hambre”, en singular, aunque no se trató de un caso singular, sino más bien de un caso típico

y representativo. El tipo del “muerto de hambre” encaja maravillosamente en mi serie de tipos de

“Hombres en ruinas”. Entre hambre y hombre hay sólo una letra de diferencia un hombre que murió de hambre,

si empezó siendo un hombre en ruinas, se deshombró, por no haber podido deshambrarse, más que en un desmoronamiento

o en un ruina, en una plena y total consunción.

                                                            ○○○ 

Pero no me siento hoy muy inclinado al humorismo. Nada como el hambre se halla tan alejado del humor.

A través de mis libros saltan chispas de humor.


remedio nos 

hambre es una hermana 


El pasar hambre nos quita las ganas de componer un tipo de hambriento. Más que componer un tipo, voy a

descomponer varios tipos que ya han perdido el tipo: fueron hombres en ruinas, pero ya no lo son! Son ahora

cadáveres descompuestos, después de haber sido muertos vivos en descomposición.


                                                            ○○○ 


Si el humorismo puede ser piadoso, hay bromas que podrían ser despiadadas.

Cuando yo era niño, mi hermana me llevaba a menudo al “Palacio de la Ilusión”. Pomposo nombre para una

especie de barracón que no tenía nada de coliseo, situado en el lugar donde hoy se levanta el espléndido

“Coliseum” de Barcelona.


Me llevaba con ella porque mi padre no la habría dejado ir sola a un espectáculo.

Allí vi muchas comedias andaluzas y algunos sainetes madrileños, en que hacía reír un hambriento personaje:

el tipo de funcionario cesante, de paniaguado! Yo, que he sido funcionario destituido, no cesaré de alzarme

contra los que se burlan sin saber lo que es pan y agua, ni llamaré nunca a nadie paniaguado. Esto es una broma

ridícula. Ya hemos quedado en que el hambre para algunos es una cosa que hace reír. Pero aquí muchos hemos

llorado y bastantes han dejado totalmente de llorar: el régimen de poquísimo pan y agua de tomate, agua de apio,

agua de coles, agua de zanahoria y -súmmum de las delicias- agua de lentejas, no ha tenido solidez para s

ostener los cuerpos, ni ha dado de sí para alimentar las lágrimas


                                                            ○○○ 


En la playa de Argelès la gente se moría de hambre. La carne de lo que se hacía de nobles brutos que a sus amos

[…] (pienso que habla de los animales que también hicieron la retirada con sus amos?) y arrastrando carruajes

durante la evacuación, y que luego sostenían sus estómagos o por lo menos los estómagos de los que podían

sostener aquello.


Unos de la barraca 300 se comieron un perro. Nadie extraña que muchos coman caballo, y nadie se horroriza

de que muchos coman gato. Pero a los caballos y a los gatos, sucedieron los burros y los perros.


En la barraca 192 hicieron un banquete con una vaca muerta de tuberculosis, que la sanidad pública había

prohibido comer a los ciudadanos franceses. Pero algunos refugiados españoles se refugiaron en aquella vaca

y las mamas, las ubres tuberculosas, nutrían a todos si no con el licor de vida -la blanca leche- con la carne

negruzca. ¡La carne de las ubres que aun después de muerta seguía siendo exuberante!

Me han asegurado que en Argelès habían comido ratas crudas. Lo que mis ojos han visto en el campo de Bram,

fue comer ratas ….pasar a una….camarero con un plato humeando, pero lleno de ratas con tomate.

Y he visto a gente acurrucada junto al fuego, tostándose pan y preparándose bocadillos de rata. La única carne

que abundaba. ¡Y esto solamente para los hábiles cazadores.


                                                            ○○○ 


Pero no todos los hombres son carnívoros, los hay vegetarianos. Aquí, en el campo de Récébédou, prohibieron

primeramente que los cocineros repartieran a las cinco y media de la mañana -el reparto del café era a las seis-

el menú que la gente comía y cuyo reparto aguardaba haciendo cola desde las cuatro de la madrugada; y luego

prohibieron arrancar hierbas del campo, y llevaban quince días al campo especial de castigo a los sabios

sorprendidos arrancando hierba !


Las enfermeras reñían a todos los sospechosos de haber comido hierba, el médico se sorprendía con unas

çdefecaciones parecidas a las de los rumiantes, y en el hospital de Toulouse se horrorizaban ante el color

verde de los excrementos ….venir a enfermos que tenían… Se formó una guardia especial para detener a aquellos que iban a los montones de basura, en las proximidades

de la cocina, a coger pieles, no de patatas, sino de topinambours . Ya en Argelès, cuando tocaba a nuestra barraca

el ir a la cocina a pelar topinambours, íbamos todos entusiasmados y en vez de tirar las peladuras,

nos las comíamos! Es verdad que también comíamos clandestinamente algún topinambour entero.

¡Y observábamos que eran mejores crudos que cocidos!


                                                            ○○○ 


Muchas bromas traen malos resultados. Algunos cocineros, apiadándose de unos de los hambrientos que iban

a mendigar por las cocinas -a pesar de que estaba prohibido-, le ofrecieron que fuera a cubrir una vacante de

cocinero y le prometieron dejarle comer cuanto quisiera.

Al segundo día murió de una indigestión. Los que lo vieron dicen que no podía evacuar y se retorcía en fuertes

dolores. Pidió socorro y fue trasladado a su pabellón, el 27.

Pero los vomitivos no llegaron a tiempo!


                                                            ○○○ 


El caso más trágico de todos es el de un hambriento del pabellón 22 o del 23 –de uno de los dos que después

fueron desalojados para instalar la enfermería de hombres y la de mujeres- que se moría de debilidad y que

pedía a gritos que le trajeran comida.


“El muerto de hambre”, el muerto de hambre por excelencia, murió de verdadera hambre y pidiendo:

-¡Pan!


Epílogo

El título “El muerto de hambre” fue también comido por las ratas. En la cubierta que hice después para

contener las cuartillitas de este cuento, puse un título menos truculento: “El enfermo del estómago”. Varias veces

me hicieron registros para ver qué es lo que yo escribía con tanta frecuencia. Algunos registradores se limitaban

a ver los títulos, y así aprendí a camuflarlos y hasta algunos títulos fuertes como camuflaje fueron después

adoptados por mí a título definitivo. Si este muerto -y otros- fue comido por las ratas, es porque lo tenía escondido.

Tenia escondrijos en varias barracas. Alguna vez me desahuciaban:

-Mira, esto es muy comprometedor... En las cartas, teníamos prohibido decir que pasábamos hambre. La censura

las interceptaba. Pero el clamor se hizo tan general que por fin la censura lo dejaba transparentar. ¡Todo el

mundo solicitaba el envío de paquetes! La consigna francesa “Vais bien alimentados” equivaldría a la consigna

española “En el ejército no hay ladrones”.


5. El hombre sin pies


Cuando se pasea en su cochecito por la “Avenue circulaire” o por las “allées” transversales plantadas de

minúsculos arbolillos -que por ahora sólo hacen el oficio de dar pie a unos bonitos nombres: “Allée des Tilleuls”,

“Allée des Maronniers” o “Allée des Acacias”-, el hombre sin pies casi no inspira piedad y sólo va dejando

una estela de simpatía. Inspira piedad ver a ese joven sin pies circular por las avenidas como un anciano tullido

por un parque público o por la señorial residencia de un millonario, pero parece que no causa tristeza. Tan

confortable es su cochecito, tan elegante es su vestido y tan deportivos su aire y su semblante!


Causa tristeza el pensar que en plena juventud un hombre no puede valerse por sí mismo para las más elementales

necesidades, pero disfraza el drama la apariencia de que está bien atendido, de que se le ha dado todo lo que se le

podía dar, y de que tiene todo lo que puede tener.


Pero la presentación que la casualidad, el destino o las circunstancias hicieron de él ante mis ojos, fue trágica,

desoladora, chirriante, estridente... casi me tiembla el pulso y casi me caen las lágrimas!


                                                            ○○○ 


Gozaba de libertad, pero ha venido por fin a parar al campo de concentración. “ Le camp de Récébédou est un

camp médical destiné à accueillir les étrangers de toutes nationalités, invalides, blessés ou atteints de certaines

maladies”. Así dice la primera advertencia del largo reglamento o hojas de avisos, pegado a la pared en el vestíbulo

de cada uno de los 84 pabellones. Le condujeron al tren, le colocaron en el vagón hallándose sentado en su mismo

cochecito, hizo bien el viaje, no cansado de moverse, pero sí de ver cómo los otros se movían por él, fue bajado

en idéntica forma al andén de la estación próxima a nuestro campo, fue conducido al campo... y dejado a la puerta

de la enfermería!


En la enfermería (pabellón es 22 y 28) no había cama para él, las enfermeras andaban ocupadas y preocupadas

por una epidemia tífica que ocasionó durante unas semanas el cierre y el aislamiento del campo, y la enfermera

mayor dispuso que el inválido sin pies fuese provisionalmente alojado en el pabellón contiguo e inmediato

-nuestro pabellón 24- y atendido por todos nosotros... por cuarenta inválidos con pies!


                                                            ○○○ 


La instalación provisional en nuestro pabellón del mutilado de ambos pies duró tres días. Por fin pudo ingresar

en la enfermería después de tenerle nosotros con nosotros como de cuerpo presente! Nosotros no somos

enfermeros, no hay que decir que somos enfermos y cada cual tiene bastante trabajo con atenderse a sí mismo.

Pero...


¿Habéis leído -en una novela romántica o en una gacetilla periodística rebosante de realismo- el hallazgo por

unos niños de un envoltorio que contiene a un niño recién nacido?


Todo nuestro pabellón se movilizó para atender a aquel hombre inmóvil –inmovilizado porque había sido

movilizado- y que se movía sólo cuando cabalgaba en su coche. Era algo así como un centauro al revés...

Quiero decir que se le quitaba con facilidad de encima de su montura, se le descabalgaba, se le “desoldaba”,

como a un juguete o cromo de cartulina... Poniendo en una ranura o quitando de una ranura, se engancha o

desengancha el juguete y la cabalgadura, el caballo y el caballero!


Pero nosotros -que parece que volvemos a ser niños- hemos olvidado más que los juguetes, el jugar... Y los

cuatro o cinco de nosotros que le ayudaron a bajar o que le bajaron del coche, necesitaron escuchar las

indicaciones que pacientemente y hábilmente iba dando el propio soldadito de caballería o jinete de cartulina...

Hay que leer las instrucciones de ciertos juguetes complicados!


Cuando se pasea en su coche, el muñeco de carne y cartulina tiene pies... Tiene los pies enfundados en unos

elegantes zapatos y unas elegantes polainas... La combinación, la juntura, el juego, ya no es de carne y cartulina...

Tampoco es de carne y hueso... es de carne y cuero... Carne de hombre, y cuero procedente de la piel de un animal:

el medio hombre vuelve a ser un centauro!


                                                            ○○○ 


Le dejaron, para dormir, encima de una cama, también provisional... Él estaba fatigado del viaje, del trajín...

los demás estaban también fatigados, pero no por una fatiga física. Era una fatiga moral. Antes de meterse en

cama, se ofreció por un momento a mis ojos tendido sobre las mantas, mostrando las piernas cortadas por debajo de

las rodillas. Parecía una […] fotografía de hombre [...] un hombre cortado. Los niños dejaron de hacer recortes

de papel. Pero los cirujanos a veces también cortan…la cartulina!


Más que un hombre parecía una cosa. Una cosa que habían dejado sobre la cama. Para no dejarla en el suelo...


                                                            ○○○ 


A la mañana siguiente, lo primero que pidió fue que le lavasen los muñones... Aquello era a la vez una observación

insólita y una perogrullada : el observar que él no podrá lavarse los pies!

Se le fue haciendo, se le irán haciendo por turno todos los servicios necesarios. Hasta que fuese a la enfermería,

hasta que le cuidaran las enfermeras... Las manos femeninas tienen más habilidad... y más paciencia... La primera

enfermera que vino a verle hizo muchas promesas, pero, concluyó, aludiendo a la aglomeración causada por la

epidemia:

- Nous avons beaucoup de travail !


                                                            ○○○ 


Era muy hablador, muy comunicativo. Se ve que se había acostumbrado, se había adaptado. Hablaba con

naturalidad, se interesaba por todo, estaba tranquilo. Observé que tenía cultura y se expresaba bien en francés.

Varios compañeros le interrogaron y se puso a contar una larga historia. Yo me marché y no pude enterarme de

si en una trinchera se le habían helado los pies. A mí se me habría helado la sangre!


                                                            ○○○ 


Me obsesionaba verle tendido en la cama, verle sin zapatos y sin polainas, verle sin piernas...

Y una vez, penetrando mi pensamiento, me sonrió. Y dijo suavemente:

- Soy un hombre partido por el medio...

Debemos conservarnos enteros, conservar la entereza... Los que hemos dejado en España a los seres más queridos,

estamos también partidos por la mitad.


El guitarrista loco


Antes de hablar de los casos de locura -que se han producido aquí con poca frecuencia -pero con demasiada

frecuencia- debo decir que han abundado extraordinariamente los casos de neurosis, de neurastenia, de decaimiento,

de abatimiento...


Quizá pocos han escapado a los peligros de una cierta contaminación. A mí me han dicho que me había cogido

la locura de escribir! Y la locura de hacer versos!


Dice un proverbio:

“De músico, poeta y loco todos tenemos un poco”


Si a mí me cogió la locura de hacer versos, ello no fue más que una recrudescencia... En mi caso se trata de una

locura adquirida ya antes de entablar conocimiento con los campos de concentración. Y por ello no me preocupo!

Muchos otros “poetas” he conocido aquí. Y escritores. Y rapsodas. Ha habido quien ha dicho que el campo era

un gran manicomio. Yo digo que, en ciertas épocas de tranquilidad en que abundaban los conciertos y los festivales,

nuestra vida era una continua velada literaria. Pero, en todo caso, nosotros éramos los locos menos furiosos!

Músicos y cantores, los ha habido tan abundantemente como poetas. He conocido a muchos directores de orfeón,

tenores, barítonos, cantantes más o menos improvisados! Y ejecutantes, profesores! Hasta escuchábamos pequeñas

bandas militares.


Otro proverbio dice:

“Quien canta, su mal espanta”


Si el saber popular acierta muy a menudo -vox populi, vox dei-, si aquel que canta realmente su mal espanta,

no es de extrañar que haya habido aquí tantos cantos para tantos males! Es un principio de estética que la

sensibilidad artística corresponde a una emoción humana. ¡Y no hay duda que aquí sentimos la emoción!

Y, exacerbada o atrofiada, se altera, se modifica, se cambia la sensibilidad!


Emoción es algo ligado con la idea de movimiento. Y se mueve todo lo que late. ¡Es una emoción cada uno de

nuestros latidos! En nuestra monotonía hay mucha “tranquilidad”. Pero no deja de haber emoción, movimiento.

Aunque sea el de la piedra en el lago! Nuestro lago se ha vuelto un mar, de tantas pedradas!


                                                            ○○○ 


La exclamación “Estás loco!” o “Estás chiflao!” se hace aquí con mucha frecuencia y con toda naturalidad.

Y han surgido tipos, que se han hecho rápidamente populares. Y así como puede decirse que en cada pueblo

hay uno, podemos decir que aquí hemos visto más de uno en cada “quartier” y casi uno en cada barraca.

Los que han pasado por el “Quartier A” recordarán el caso de un hombre -tipo a la vez de mendigo o mangante

y de chiflao o de verdadero anormal- que en el momento más inoportuno o inadecuado se ponía a cantar

súbitamente:


“María de la O!”


Y cuando todos le miraban y hasta alguno le denostaba, él proseguía, imperturbablemente:

“Tienes el ojo del culo chuchurrío, chuchurrío...

María de la O!”


Dos jovencitos, que querían llamar la atención, iban por el “Quartier D”, y en el momento en que juzgaban haber

obtenido la atención auditorio, cantaban e imitaban el violín:


“La silla del barbero

a fuera la dejó...

ñiiiiiiiie”...


                                                            ○○○ 


En la enfermería los médicos hacían buenamente clasificaciones de enfermos: los de cirugía, tuberculosos,

cardíacos, alienados... Una de las veces que visité la enfermería -antes de conocerla como enfermo, en el

departamento de los cardíacos-, dos médicos amigos nuestros, a instancias de un abogado joven y muy bromista,

nos llevaron a presencia del “guitarrista loco”.


Es el caso de locura que aquí me ha producido más impresión. Los médicos obraron con mucha discreción, pero

otros prepararon la broma... Se trataba de obtener que “el guitarrista loco” nos obsequiara con un pequeño

concierto. Mi amigo abogado y yo haríamos el papel de “visitantes ilustres”. Aquello no tenía malicia, obraríamos

con seriedad y precaución para no perjudicar al enfermo, ello hasta le sería a éste una especie de distracción...

Ahora me digo que el loco que he visto aquí más de cerca era, por casualidad, músico...


¿Será verdad que la música y la poesía predisponen a la locura? Me tranquilizo: no predisponen a la locura, en

concepto de algunos refractarios al arte son ya la locura!


Nuestra locura, al hacer aquella atrevida broma, me inspiró piedad... y arrepentimiento! Una vez más, el pobre

guitarrista no pudo dar su concierto. Y fue una cosa triste, algo sencillamente trágico, el presenciar que aquel

hombre, aquel artista, aun en el lenguaje del arte, en medio de las sonoridades de su guitarra, dejaba apreciar

su enfermedad: estaba loco!

Aquí se había vuelto loco.



8. El ciego de la barraca


Había empezado a frecuentar la tertulia de la Barraca 12; pero mis visitas se han interrumpido. Está prohibido

tener velas a escondidas –las vacas tumbadas sobre la paja no tienen necesidad de leer novelas- y a las nueve

tocan silencio. Hay peligro. Nos miran con aire de sospecha y se nos acusa vagamente de hacer política y de

hablar de comunismo. No me siento con ánimos de probar el látigo del teniente rubio.


                                                            ○○○ 


En una tertulia, más que de política o de ideas, de aficionados a la literatura y a la lectura. Alguien leía una

comedia o un drama que acababa de escribir. Quería ver el efecto que hacía para ir retocando lo escrito.

Otros leían en voz alta alguna novela que después se comentaba. Yo había leído algúnos versos y alguna prosa

corta. Mi mejor auditor, mi más entusiasta admirador era un ciego. Quedar mutilado de una pierna o un brazo

es muy lamentable. Pero perder en la guerra el sentido de la vista es muy triste. No hay caridad. Parece mentira

que hayan metido al pobre ciego en la Barraca 12 en el campo de concentración de Bram.


                                                            ○○○ 


Un ciego –si es reciente, si no ha aprendido el alfabeto Braille, si no dispone de libros impresos con el alfabeto

de puntos en relieve- necesita que le lean. Un novel escritor, uno que emborrona papel con ganas de explicar cosas,

también necesita que le lean. Leer es leer. Escribir es ser leído. El ciego de la Barraca 12 y yo hacemos un

intercambio. Él gusta de que le lean y agradece el esfuerzo de la lectura. A mí me gusta observar si lo que escribo

inspira interés en el que lo lee o escucha, y agradezco el esfuerzo o la paciencia del lector o auditor.


Un lector y un escritor entablan a veces un verdadero diálogo. (Diálogo mudo. Mi nuevo lector es ciego).

La lectura consciente y meditativa es una verdadera conversación. Se puede conversar sin conocerme.

Se puede amar sin verme. Gracias a una voz amiga que lee, o gracias al alfabeto Braille, un ciego puede leer.


                                                            ○○○ 


La admiración es simpatía. La simpatía es afinidad. La semejanza de gustos es coincidencia.

Saber esperar es lo mismo –transpuesto en otro plano- que saber sentir. Saber leer el Quijote es lo mismo que

saber escribir el Quijote. Si el Quijote fue escrito o empezado en una cárcel, donde toda incomodidad tiene

su asiento , no es extraño que se sientan ganas de escribir en un campo de concentración. La receptividad del que

lee o escucha, tanto como la sensibilidad del que crea, contribuye a la creación. El lector ve, sabe ver también,

lo que escritor puramente ha visto.


Quien ha visto más y mejor mis retratos de “Hombres en ruinas”, quien ha visto lo mismo que yo, quien más

me ha sabido ver, ha sido el ciego de la Barraca 12…



10. El Gitano


Es negro como un gitano. Él dice que es francés. Pero habla el francés muy mal: él dice que habla el francés gitano.

Creo que es alsaciano o sus padres son alsacianos. Los alsacianos, que aunque tengan simpatía por Francia,

en cuanto al uso del idioma hablan un dialecto germánico. Sabe hablar alemán, también muy mal, y se entiende

con los judíos alemanes.


Es joven. Se halló sólo aquí. No sabemos cómo, si la verdad es que es francés, ha venido a parar aquí con nosotros.

Será porque es gitano, casi negro. Cuando pasan caravanas hasta la cantera, o hacen circo en la plaza del pueblo,

los gitanos le saludan como a uno de los suyos. También habla un poco el español, aunque muy mal. Lo ha aprendido

entre los refugiados españoles. Lo que dice más frecuentemente son blasfemias o la palabra:


- ¡Calla!


¿Había aprendido el español como los loritos? Tiene un intelecto de anormal o retardado, y por esto habla tan mal

todos los idiomas que sabe. Es gordo, está gordo. Será porque está empleado en la cocina; pero evidentemente

es gordo de naturaleza, tiene la carne fofa. Siempre lleva jerseys encarnados y pantalones azules. Le gustan las

combinaciones de colores. Ama un cierto colorido futbolístico, tiene afición al colorido gitano. Come continuamente.

A falta de cualquier cosa, come peladuras de cualquier cosa. Si alguna vez está sin comer, cuando habla siempre

parece que lo haga con la boca llena.


Los cocineros –un solo cocinero hábil y una muchedumbre de ayudantes de cocina improvisados- le han relegado

a las funciones más humildes. Y él es el encargado de limpiar los retretes: es la sola cosa que hace sin comer.

El transportar barreños y limpiar calderas parece que no tiene ninguna relación con la limpieza de los excusados ?

Pero la comida, desde que entra hasta que sale, sigue un largo recorrido. Él no se inmuta cuando le mandan ir

a limpiar fuera de la cocina y exclama con resignación:

- Moi, je suis gitane…


11. El tuerto de Récébédou


“A la puerta de un sordo cantaba un mudo, y un ciego lo miraba con disimulo…”


Nos han trasladado nuevamente de pabellón, por uno de estos “reajustes” tan frecuentes. En siete meses de

residencia en este campo-hospital, he conocido ya cinco pabellones. Nos hallamos mejor que en los demás

campos de concentración, porque aquí estamos mitad acampados, mitad hospitalizados. Pero con mucha facilidad

nos hacen “ficher le camp ” y nos mandan hacerlo “sur le champ ”:


Nos trasladan no sin previo aviso, pero con el aviso de que antes de dos horas debemos haber trasladado todos

nuestros cachivaches y la cama de hierro, colchón, mantas, etc. En el etcétera van comprendidos en algunos

casos, los bichitos que han pasado a formar parte integrante de ciertos “inquilinos” y que se han convertido

a su vez en inquilinos o parásitos de los condenados a no parar de trasladarse de sitio. Estos frecuentes traslados

no serían nada trágicos si hubiese aquí una agencia de mudanzas como aquella:


“El rayo soy,

adonde me llaman voy!”


Nosotros vamos a donde nos llaman, pero no somos el rayo ni mucho menos. La celeridad de muchos de nosotros

está condicionada por el hecho de comer tanta abundancia de céleri … No es que comamos abundancia de apio,

(no comemos nada en abundancia), quiero decir que nos dan a comer apio en muchas comidas. Por el régimen

raro de nuestras comidas a veces tenemos que ir a un local -donde no se come- como un rayo y echando chispas,

pero nuestros truenos no nos resultan atronadores… No hay por qué para hacer ruido! En nuestro fenómeno

meteorológico, todo se va en agua: no ingerimos más que substancias abundantemente hidratadas. El agua es

lo único que abunda…cuando no se trata de lavar!


En cuanto a la luminosidad que despedimos con tantos rayos y chispas, no llega a la de media cerilla. No quiero

tener la fatuidad de aparecer como víctimas, pero en los rincones que han sido los victimarios de muchos de los

nuestros sólo deben brillar fuegos fatuos. La poca substancia nitrogenada que ingerimos se nos va en luz: no es

extraño que mis escritos resulten oscuros y de poca substancia!


No escasea solamente el tabaco sino también los fósforos. Yo que no veo con mucha tristeza agotarse mi provisión

de tabaco porque no soy un gran fumador, escribiendo gasto mi poco fósforo!


Y con tanta riqueza de luz y fuerza, imaginaos el calor con que tiramos de un carretón!

Yo he tirado de mi cama, como de un carretón, ayudado por otro inútil, que también era un carretón.


Cuando yo he empezado a trasladar mis cachivaches –de los cuales no puedo entretenerme en hacer el catálogo

- todos los alojados en mi pabellón acababan de trasladar los suyos. En el pabellón 24 no quedaba nadie para

ayudarme a hacer mi traslado al pabellón 79.


Aparte de las arañas en techos y rincones y algún ratón, sólo quedaban dos enfermos: los únicos que fueron

excluidos de la orden de traslado. Eran un enfermo del estómago y de reumatismo, que no se mueve nunca de la

cama y su compañero. Este, también algo enfermo y a la vez enfermero, era tuerto encargado de cuidar al

más enfermo y ponerle de pie cuando se quiere levantar.


Aquí, en Récébédou, he hallado a dos tuertos de guerra, además de varios ciegos. En Bram y en Argelès sólo

conocí a ciegos: no había derecho a que me faltasen tuertos para mi colección de “Hombres en ruinas”! Pero la

casualidad, que no es ciega, ha venido a desfacer el entuerto!


Con uno de los dos tuertos, que es italiano, hemos hablado pocas veces. Como habla bastante bien el español

–lo habla bastante mal, pero es extranjero!- yo le tomaba por portugués. Y esto parece una portuguesada!


Con el otro tuerto, español, ya queda dicho que hemos sido compañeros de pabellón. Bajo el pabellón francés

de este campo-hospital nos cobijamos una muchedumbre de deteriorados. El pabellón [...] brillantemente pero

cubre una mercancía deteriorada y echada por tierra.


He dado a mi amigo tuerto un par de “cigarettes gauloises”. Él me ha dicho con franqueza que no tenía un franco.

Un cigarrillo se cotiza hoy aquí hasta a cinco francos. Si yo tenía cigarrillos, se debe a una feliz casualidad:

Acababa de recibir un paquete con veinte cigarrillos de Marsella. Aquí no los hay. Ningún enfermo, ningún

mutilado, ningún inválido de los de mi pabellón tenía un cigarro. Y los hombres sin fumar valen aún más poca

cosa! Parece que el fuego de un cigarro da una verdadera luz, una inspiración, una claridad en la ideas!


El tuerto ha quedado muy contento de mi gesto, al darle los dos últimos cigarrillos de mi paquete. El pabellón

24 ha quedado provisionalmente abandonado y solitario, como un desierto. Casi desierto de hambre y casi desierto

de tabaco. El tuerto me ha dado las gracias por mi obsequio y yo se las he dado por su ayuda.

Y, al quedarme con mi cigarrera vacía, he puesto este comentario a la alegría del tuerto:


- En tierra de ciegos, el tuerto es el rey!


12. El Tuerto de Tombebouc


Este es el segundo tuerto de guerra que se cruza en mi camino. El tuerto que convivía en Récébédou tenía una

vista de águila (en el ojo bueno); éste segundo tuerto es quizás el más tuerto del mundo. Es casi ciego, tiene

en el ojo bueno solamente dos décimas frente a la visión normal. Y no hay hombre más amable, de mejor carácter

y más resignado en su suerte: dice con filosofía estoica que estuvo a punto de quedarse ciego y sin embargo puede

todavía hacer muchas cosas: tiene una vista magnífica…


No quiere que le hagan servicios y orgullosamente los hace él cuando le toca el turno. Con su buena voluntad,

adivina todo lo que no ve…


Reparte sopa, va a buscar el café, friega el suelo y hasta al ver mi torpeza -mi torpeza para todas las cosas

normales la ven aun aquella que tiene dos décimas de visión –me acabo de clavar un grueso clavo en la pared

un día que yo le hice un sobre. Ha sido campesino y carrero: aunque no puede obtener contratos de trabajo

hace trabajos ocasionales en las formas más próximas a nuestro castillo. Un día le pregunté si en la casa de

campo donde trabajaba me venderían almendras y ciruelas. Me respondió afirmativamente; pero me advirtió

que, si yo quería acompañarle, para ir a la casa de campo había muy mal camino para mí.


Efectivamente: tuve que bajar y volver a subir una cuesta muy pronunciada y saltar un riachuelo. Era un día de

lluvia entre varios días de lluvia consecutivos. Pero el hambre asusta más que el mal tiempo.

El mal camino ya era habitual para él y el tuerto me hacía de guía benévolamente. 

El tuerto es además humorista. Al ir a saltar por primera vez el riachuelo, el tuerto con dos décimas de visión

me gritó, señalándome con un gesto mis lentes:

- Salta, borní, que hi ha un rec… 



13. El Refugiado idiota


Lo conocí en Bram y en Argelés y me fijé en él por su palabra entrecortada, por su tartamudear incoherente…

Y aquí en Récébédeu hemos llegado a convivir en el mismo Pabellón 79. No hay que decir las idioteces que

he presenciado. Si le falta algo para ser idiota, sobran motivos para llamarle anormal. Él mismo lanza a la cara

de aquél con quien se pelea:

- ¡Idiota!

Será que no tiene consciencia de sí mismo…


                                                            ○○○ 


El refugiado idiota es una muestra de lo mucho y bueno que ha venido con nosotros. Como yo formo parte del

nosotros, no nos insultemos a nosotros mismos… Mis respetos a toda la gente respetable, que es mucha. Pero he

visto bastantes tipos que me traes a las mientes aquello: “Yo no participo en la religión de muchos de mis

correligionarios”.

¿Qué ha venido a hacer este tipo con nosotros en Francia?

Se hallaba en España en una ciudad norteña y cuando fue evacuada dicen que fue empujado a unirse a la caravana

y así su familia tuvo ocasión de desembarazarse de él.


Es una versión un poco cruel, pero juzgo que tiene aires de ser cierta. En una bellísima  ciudad como aquélla del

Norte de España, ¿es posible que nazcan feos idiotas?

Belleza y fealdad… Sentimientos de familia y crueldades familiares… Todo anda revuelto… La caravana pasa…


                                                            ○○○ 


En Bram el refugiado idiota estaba gordo. En Argelés, ya no lo estaba. ¡Y aquí lo está menos!

Anda a la caza de reenganches. Muchos –muchos de los privilegiados con enchufe-apiadándose de él le llevan

botes de potaje y de zanahorias. ¡Algunas veces yo le he envidiado!

Se pasa el día fuera de nuestro pabellón. Va a buscar, lavar y devolver ropa. Husmea por las cocinas, da charla

por los comedores…

Viéndole salir con los botes llenos, muchos exclaman:

- Después… llamadle idiota…


                                                            ○○○ 


Cada noche, a la hora de silencio, se presenta en nuestro pabellón. Viene de hacer tertulia en alguna parte, reposo

necesario después de la diaria tarea de lavar ropa. Y cada noche indefectiblemente le gastan la misma broma.

Así que él abre la puerta, alguien grita:

- Compañía…

O bien:

- Guardia, a formar…


Su tipo bajo y encorvado, su andar arrastrando los pies, su hablar nervioso y tartamudeante, son de actualidad

unos momentos cada día. Le tratan como a un bufón y él parece complacerse en hacer bufonadas. Siempre le

buscan tres pies al gato. Él disiente, se enfurece, llora… También se burla de los otros, participa en las bromas, ríe…

Su tartamudear es un subrayado con que provoca y aumenta la hilaridad general.

Tiene la costumbre de detenerse después de estas dos palabras:

- Yo me… Yo me…

Y como por las noches a menudo se mea en el suelo, le replican:

- No te mees…

A veces le excitan para que sea el hazmerreír de la tertulia nocturna y él suelta una sarta de obscenidades.

Uno a su lado le pregunta:

- Oye… ¿Es verdad que los curas tienen la p… en el culo?


                                                            ○○○ 


El idiota se ha puesto enfermo. Hace algunas noches se queja y llama a su vecino:

- Cominal…

Su compañero le consuela y le promete que al hacerse de día irán a la enfermería.

El enfermo idiota nos molesta con sus extrañas lamentaciones y se pone a llorar repitiendo:

- Cominal, Cominal…

El nombre de su compañero debe de representar para el desventurado toda la familia, toda la humanidad…

Pero por la mañana se siente bien y sale a lavar la ropa.


                                                            ○○○ 


Hoy lo han traído del comedor, en una camilla. Ya había pasado la noche lamentándose.

El jefe del pabellón inicia gestiones para que le trasladen a enfermería.

Pero como el enfermo hoy no podrá ir al comedor, será necesario que el médico haga un pequeño certificado

mediante el cual otro compañero podrá en el comedor recoger su comida.

Por la mañana, en una de sus lamentaciones, yo he percibido que el enfermo decía:

- Cominal, me muero…

Pero lo había dicho ya tantas veces…


                                                            ○○○ 


Al volver del comedor, cargado de cacharros, el compañero del infeliz idiota quiso despertarle para entregarle

la comida. Pero no se despertó para comer. ¡No volverá a comer rancho!


                                                            ○○○ 


Pocos momentos después de la muerte repentina, mientras el jefe del pabellón iba inmediatamente a dar

conocimiento para que el cadáver fuese trasladado acto seguido al depósito, la conversación ha girado en torno

de la anormalidad del compañero fallecido.


Era un anormal, y su muerte también ha sido anormal, sin norma y sin normalidad. Se ha presentado una enfermera

como azorada y avergonzada. Hoy no había pasado rápidamente preguntando:

- Ça va?


Después han venido dos compagnons a practicar diligencias y dos camilleros a llevarse el cadáver.

También han venido de otros pabellones amigos del difunto. Uno de ellos le conocía ya en España. Ha dado

confusas informaciones. Luego en mi pabellón se decía algo que podría explicar la anormalidad. Parece ser

que el desgraciado era hijo incestuoso de su padre y de una de sus hermanas.

Alguien exclamó:

- Más le hubiera valido morirse al nacer.

Otro agregó:

- E ir en seguida a refugiarse en el cielo. Billete directo de refugiado sin pasar por Francia…


Unos se han puesto a hablar de seres anormales, de monstruos, de cruzamientos entre razas humanas y entre

animales de diversas especies. Uno ha asegurado que los mulos nacían también a veces de un mulo y una mula.

Otro le ha replicado, con razón, que un mulo o una mula son siempre hijos de dos individuos de la especie caballar

y de la especie asnal. Yo he dado la razón a este último porque los animales híbridos son incapaces de reproducirse.

Y otro ha puesto este epitafio sobre la tumba del pobre anormal.

- Fue hijo de un chino y una mula…


                                                            ○○○ 


Yo había salido un momento del pabellón.

He vuelto a entrar en él con tan mala suerte que al propio tiempo por mi misma puerta –y no por la del otro

extremo- salían los que llevaban el cadáver.

Los camilleros lo llevaban mal tapado, aprovechando la camilla –aprovechando el viaje para llevar otras cosas.

He tenido que aguardar a que pasasen. Me ha parecido que el cadáver me miraba con un ojo medio abierto…

Mirar de espanto. Mirar espantado y mirar espantoso.

¡Un idiota espantado ante la idea de la muerte! Era una mirada que daba espanto, que hacía morir, que dejaba

idiotizado…


15. El cojo pacífico (7 de enero de 1942)


Cuando se convive largamente con alguien, en el comedor o en el dormitorio, se acaba siempre por trabar

conocimientos con “su caso”. Lo que no se dice en largas semanas o meses de reserva, se descubre en un

momento de necesaria expansión.


He ido enterándome, sin necesidad de investigarlo, de la mayoría de las cosas que he ido describiendo

en mis libros. He conocido a ciegos de guerra, tuertos de guerra, mancos de guerra, cojos de guerra,

toda suerte de inválidos de guerra…Pero había un cojo –no un mutilado- que nunca hablaba de la guerra…

Hasta que hoy ha hablado concreta y explícitamente de sí mismo!


No le he interrogado, no he provocado con palabras sus manifestaciones; pero también fuerzan a hablar

una mirada, un gesto o una actitud…

Y me ha respondido:

- No soy un inválido bélico. No soy un cojo de guerra. Soy un cojo pacífico. Mi cojera se debe a enfermedades

de mujeres… ¡Tengo reumatismo gonocócico!


                                                            ○○○ 


Y después me explicó su desgracia. La desgracia de conocer al mismo tiempo una doble iniciación: los placeres

de Venus y las enfermedades venéreas… Estamos condenados a sufrir los combates y las guerras. Predicamos

la paz, pero no hallamos el amor… Somos víctimas del rojo Marte… Pero los planetas inferiores no nos traen

males menores: Venus está cerca de Mercurio !



13 ?.(16) El ajustador desajustado


Me ha tocado estar con unos ajustadores mecánicos. No sé si ello será debido a tener que sentir los efectos de

esta convivencia durante todas las horas del día y de la noche. Pero he aprendido a conocer el oficio de cada

cual, por sus conversaciones, a la menor alusión…He oído conversaciones y discusiones entre mecánicos,

y me he enterado de secretos del porqué de nuestra guerra y de nuestra derrota.


                                                            ○○○ 


El ajustador desajustado daba la sensación de ser un hombre discreto. Era joven, elegante, amable, normal…

Gracias a su oficio, pudo salir fácilmente de los campos de concentración. Encontró trabajo y libertad.

Claro que tenía motivos para ser optimista y enseñaba a menudo cartas de la familia y retratos de la novia,

sacándolas de unos gruesos sobres que decían: “Franco, Franco, Franco”!

Muchas veces he oído hablar a los mecánicos de los francos que han ganado.


                                                            ○○○ 


[...]  entes debían gustarle al mecánico ajustador. Por qué perdió la libertad en una de las “razzias” de la policía

de Toulouse contra los españoles? Por qué iría a parar finalmente a este campo-hospital?

Habíamos observado que ese joven mecánico daba algunas veces, casi siempre durmiendo, en la madrugada,

unos gritos raros, inexplicables…


Un día nos contó que había empezado a trabajar, cuando la guerra, en la “poudrerie” de Toulouse. A los ocho

días, mientras él se hallaba encaramado en una máquina, examinándola, por [...] la pusieron en marcha y él fue

lanzado contra el techo o contra la pared y estuvo semanas sin conocimiento. Las lesiones más graves fueron

en la cabeza y los médicos juzgaron que se salvó por un milagro. Como trabajaba por guerra, cobra una pequeña

pensión vitalicia del Estado francés, pues ha quedado parcialmente inválido. Últimamente era admitido para

ciertos trabajos sólo condicionalmente. Hasta que ha venido a parar aquí con los inválidos, con los productores

que no pueden producir, producto de circunstancias improductivas.


                                                            ○○○ 


Los gestos del mecánico, indescriptibles, no son unos gestos articulados, sino más bien inarticulables…

Son unos gestos inagotables, inefables, inexpresables, indecibles… Tienen algo de los gestos de un [...], de

un adulto anormal, de una bestezuela!


17. 17 febrero de 1942

El aragonés que salvó la vida a su hermano


No solo hay odios entre familias, entre ramas de una misma familia, sino entre miembros unidos por un

parentesco muy directo, que viven bajo el mismo techo. Tal cosa se ve que ocurre hasta en Aragón, tierra

de la nobleza, pero también tierra de la tozudez!


He oído contar muchas anécdotas de “nuestra guerra”. Una de las que más recuerdo es la de un compañero

que duerme a pocos pasos de mi cama. Estaba reñido con un hermano suyo, ya de jovencito diferencias

ideológicas, y diferencias familiares! Entre los efectos funestos de tales diferencias no hay diferencia.

Los dos se casaron, pusieron casa aparte, pero el sentimiento poco piadoso no se atenuó, con el consiguiente

disgusto por parte de los padres.


Un día mi compañero exclamó:

- ¡Yo tengo en España a un hermano fascista!


Tal manifestación provocó general curiosidad y fue motivo de que el aragonés nos contara una historia, varias

historias… Si yo tuviera un hermano fascista, empezaría por revisar una por una todas las ideas que me

separasen de mi hermano para ver de hallar a lo menos un punto de contacto. Y si no podía darle la razón

en nada, me esforzaría en hallar razones para explicarme la disparidad de criterios entre mi hermano y yo…

En último caso seríamos hermanos de sangre y no de ideal.


Pero ese [...]…

Sin embargo, no es quizá verdadero odio. Es un fanatismo espeluznante. El caso es que mi compañero de

dormitorio salvó la vida a su hermano, tal vez arriesgando la suya propia. Le salvó de un paseo, a pesar de que

hacía tiempo desde que se habian mandado a paseo… El hermano le dio las gracias, pero después los dos

siguieron sin relacionarse, sin hablarse, sin saludarse. El aragonés que salvó la vida a su hermano reabre ahora

cartas de España con noticias de sus padres, de otros hermanos… ¡Pero nunca le dicen ni una palabra del hermano

al cual salvó la vida!


Dice:

- Es que no quiero tampoco saber nada de él. Para mí… es como si estuviese muerto!

Como si su hermano hubiese muerto… y sin embargo le salvó la vida.


[19-20?] El hombre del trapecio ( hojas de calendario 7 de diciembre de 1942)


He tenido mala suerte. Mi compañero de “camarote” –el que ocupa el mismo lugar que yo en el tablado de camas

de arriba- es un hombre que no tiene como otros habilidad para subir y bajar y me molesta continuamente. No

tiene habilidad para subir y bajar, pero continuamente sube y baja. No es suya la culpa. A nadie puede limitarse

la facultad de entrar y salir de su casa cuando le da la gana. Es un hombre viejo, de 72 años, y anda con zuecos.

No sé cómo no pidió o no pudo obtener que le dejasen estar en la fila de camas de debajo. Cada vez que sube hace

toda una serie de gestos y aspavientos como un niño inhábil que quiere montar a un trapecio. Baja sin previo aviso

y veo asomar delante mismo de mis ojos un zueco que busca colocarse en el saliente de madera y luego el otro zueco

pisa las mantas sobre las cuales estoy sentado. Cada vez que me siento he de hacer desaparecer huellas de uno de los zuecos.

Es un aragonés que hace muchos años que vive en Francia, pero no llega a hablar francés…siempre repite:

malherosamente –se ve que ha sido muy malherós- y no sabe conjugar ni un solo verbo. Solo afrancesa

–o españoliza, pues cuando quiere hablar francés habla un mal español y cuando quiere hablar español habla

un mal francés- los substantivos.

Ejemplo:

- Las “chateñes” han caído de la “tabla”.


Comprendo que me dice que las castañas han caído de la mesa; pero me ha costado comprender una palabra

–un verbo- que siempre emplea…

Como me molesta como se ve obligado a molestarme tan a menudo al subir o bajar, el hombre exclama:

- Otra vez le “derrengo”…

Las primeras veces no comprendí, aunque con tantas veces de “derrengarme” al final del día quedé derrengado.

¿Qué profundo sentido lingüístico –en este caso, mal aplicado- tendrá este hombre, prodigio de hibridación

en todos los aspectos de la vida? Realmente este hombre me derrenga; pero él dice derrengas para traducir

déranges.

El hombre que me derrenga porque continuamente evoluciona ante mis narices y junto a mis narices como

para subir o bajar de un trapecio, puede volver a España pero no quiere volver a España. Dice que no tiene

familia en su pueblo en Aragón y prefiere estarse con nosotros en este campo al cual ha venido a para nada

más que por ser extranjero. 


¡A todo se acostumbra uno! Le envidiamos los documentos que tiene para poder volver a España en cualquier

momento.

... (los que se marchan de su…sitio(?), siempre marchan por alguna…(¿). Así como ciertos franceses nos dicen a todos

que algo habremos hecho cuando hemos preferido aguantar tantas penalidades antes que volver a España, ciertos

españoles le dicen al hombre del trapecio –que durante la guerra civil estuvo ausente de España y al pasar la

frontera no se veía obligado a hacer ningún equilibrio- que si no vuelve es porque antes de marchar de Aragón

debió de hacer en su pueblo alguna gorda.


21. El condenado por confiado


Este título es imitación de la comedia de Moreto. (?). Pero no voy a explicar una comedia. Se trata de un hombre

que pagó con la vida el no ser desconfiado.


                                                            ○○○ 


He oído a muchos de los que marchaban a España exclamar:

- Vale más acabar de una vez… Si me fusilan, que me fusilen! Entre esto y morir de hambre, o que se te coman

los piojos…

He visto –he observado y he experimentado- todas las formas del desaliento, del pesimismo, de la desilusión.

En mí y en los otros. Me he sometido a una autoobservación. Y he podido observar en los demás porque tuve

un carguito…


                                                            ○○○ 


Yo fui durante un corto tiempo jefe o encargado de una barraca en el campo de Bram, la barraca 25, donde se

alojaba a los que estaban inscritos para formar parte de alguna de las expediciones de refugiados que volvían

a España.


[...]  la enfermería me pusieron sobre (entiendo que es para trabajar) [...] , sin consideración [...] enfermedad.

El transpo [...] fácil, y también lo es el [...] . Si no se puede transportar troncos, se lleva en la mano una ramita,

a guisa de palma del martirio… Y se puede también ir arrancando hierbas de una a una… La argumentación

no tenía réplica!


A los dos días me retiré, antes de que tuviera otro ataque cardíaco… Vino un gendarme a mi barraca a indagar

si yo estaba realmente enfermo. Y vino también a verme el intérprete español del “quartier”, horrorizado…

Él, mutilado de un brazo, también tenía un cargo. Me meterían quince días en el campo de castigo o en la barraca

13, a pan y agua…


Para evitar el contacto con las supersticiones, acepté un cargo que me ofreció el intérprete mutilado. Un enchufe

a medida para mí!

Como yo ya había sido jefe de barraca y conocía la técnica de las listas que hay que hacer con frecuencia y otros

detalles técnicos de la falta de técnica, quedé encargado de la barraca 25. Velar por que nadie insultase a los allí

alojados!

Pero nadie –salvo [...] tiempos- les insulta [...] padecía…


Así pude ver de cerca a muchos de los que se volvieron a pisar tierra española, algunos de los cuales reposan

ahora en tierra española… Ya no la pisan. Ella les pisa!

Muchos, que decían no creer en la tierra o en la patria, parecían sentir una especie de arrepentimiento o

conversión final y parecían marcharse –con alguna esperanza!- pero con esta y última definitiva ilusión: intentar

ver por vez postrera a los suyos y ser enterrados en tierra española…

A tal extremo llegaba la desilusión o la ilusión!


                                                            ○○○ 


Así que hubo pasado el peligro para mí, abandoné mi cargo. Un carguito como de carcelero protector…

O de prodigador de consuelos a los condenados!

De algunos nos llegó la noticia de que al llegar a España habían sido condenados a  muerte.

Qué [...] que cargo me encargué [...] si no teníamos algún cargo, ni [...] .

[...] cargos, aprovechando mi relación [...] partían. Me enteraba de quiénes tenían sus

“responsabilidades” en Barcelona. Y les rogaba que fuesen a visitar a mi familia!

Creo que sólo uno o dos pudieron cumplir la promesa que me hicieron de visitarla. La mayoría de ellos debieron

de quedar sin posibilidad de hacer visitas. Y alguno de ellos sin poder cumplir promesa alguna!

Abandoné finalmente la barraca 25 y volví a mi barraca 26.


En la 25 yo era el único que no estaba inscrito para volver a España. Y con tantas ganas de volver! Y volví

a pisar la barraca 26 con satisfacción. En la 25… temía que me confundieran!


                                                            ○○○ 


A nadie preocupaba la perspectiva de una cárcel o de un campo de concentración en España. Conocían los

campos de concentración de Francia y consideraban tal eventualidad como a una simple prolongación.

Había un único temor, una única esperanza: la muerte [...] libertad. Y algunos, sin ha [...] consideraban

también la [...] libertadora!

Pero he conocido un caso –el del “condenado por confiado”- de un condenado a muerte que no se imaginaba

en modo alguno su trágico final.

Había ocupado un alto cargo a las órdenes del Ministro de Marina del Gobierno de la República y no se

imaginaba en su modestia que su cargo fuese tan alto. Era un viejo capitán de barco mercante que no sabía

pisar tierra. Y por no saber pisarla, ahora se halla bajo ella! No hay que ser excesivamente modesto!


                                                            ○○○ 


Era un buen hombre, ya con bastantes años y muy sordo. Su sordera producía entre nosotros un constante

cómico “malentendu”… Era muy educado. Pedía mil perdones!

Debió de sorprenderse enormemente al ver su sentencia de muerte.

Debía [...]que era sordo, que no había [...]

An [...] de ejecución debió de presentar por última vez sus excusas:

- Soy tan sordo…!

Su extremada sordera debió de impedirle el oír la descarga.

Y no se enteró hasta que estuvo muerto!


22. El Argentino encargado de ponernos el termómetro en el culo (26 de Abril de 1942)


Con el tal argentino habíamos sido compañeros de pabellón y conocía su suavidad y dulzura. (Cuando no le salía

a fuera el mal genio). Ha ido a puñetazos dos o tres veces en el comedor –las disputas casi siempre tienen lugar

en el comedor-, pero esto no contradice el hecho de que normalmente sea suave y dulce. Es del distrito o provincia

de Mendoza y dice que los mendocinos se parecen a los andaluces. (También los austriacos son los andaluces

de la Gran Alemania. Se puede apreciar la civilización germánica sin ser hitleriano y queriendo que Austria

continúe con su independencia). El argentino habla con gracejo natural y espontáneo.


Ayer, en la visita médica, tuve un momento de indecisión: yo no sé ponerme el termómetro en… salva sea la parte.

Una parte con un solo orificio y ciertamente no parecida a una salvadera. Tengo miedo de dañarme la parte o

dañar una parte del termómetro.


Es una cosa que me produce angustia. Una sola vez –cuando era niño- me dieron una lavativa. Y me la dieron

porque yo no pude imponer mi autoridad. Fué una tragedia, porque yo ya me sentía con autoridad y me sentía

autor. Me acuerdo aún del día de autos, en que yo lloraba y berreaba. Pero el autor de mis días ordenó que se

cumpliera la orden del médico: sólo más tarde, algún tiempo después, viendo mi tozudería y mi disgusto, acudían

ça un purgante y me administraban el suave citrato sódico. (Aún me horrorizan el aceite de ricino, el agua de

Rubinat y el agua de Carabaña. Me gustaban demasiado los dulces).


Mis temores a los ataques contra mi integridad territorial, mis repugnancias pueriles ante cánulas o termómetros,

debían de obedecer a un íntimo y profundo presentimiento: con mi edad adulta varias veces las autoridades españolas

y francesas me han colocado el termómetro.


                                                            ○○○ 


En nuestro campo-hospital los médicos habían previsto –los médicos sabían prever todo-la existencia de gente

recalcitrante e inhábil. Había una cánula para los que no sabían hacer un gesto viril y necesitaban que

les colocasen… el termómetro.


Después de intentar inútilmente convencerme -¿pero usted no sabe colocárselo… a sí mismo?- el argentino

procedió con su natural suavidad.

Se me acercó:

- ¿De manera que… está usted incólume? No es nada… ¿Ve? Ya está dentro. Aguánteselo usted mismo un poquito…

Yo sentía un rubor y al mismo tiempo una satisfacción por haber vencido el paso de las Termópilas. Las novias

deben de decirse en su noche de bodas:

- ¿Y esto es todo? Ya pasó… Todo pasa en el mundo…

Las cosas que no tienen ninguna importancia tienen toda la importancia.

Tanto hablar, tanto hablar… Y es un ay, un suspiro, un soplo, una ilusión…

Pero en el mundo tiene su importancia la retórica y su trascendencia la literatura.

                                                            ○○○ 

Cuando yo sonreía satisfecho de la facilidad, el argentino también sonreía:

- No hay que asustarse, amigo… A mí no me gusta dar a nadie por el…

Termómetro…


26. El muerto de lesión mitral


He visto morir a mucha gente. He visto morir a mecha gente en los campos de concentración de Francia.

En España había visto morir casi solamente a familiares míos: mi madre, mi primera madrastra, mi segunda

madrastra, tíos y primos… Había visto morir a amigos y conocidos.


A desconocidos, no sólo los he visto morir: los he visto matar. Quiero decir que los he visto asesinar. Quiero decir

que los he visto ser asesinados. No quiero decir como la vista que unos hombres asesinaban a otros. El espectáculo

de la muerte es desagradable. Por casualidad, había presenciando accidentes; y entre mis amigos y conocidos ha

habido varios suicidas y otros que han sido objeto de atentados políticos, víctimas de la guerra, fusilados y

o paseados. De cada muerte, de cada suicida, me parece que prodria escribir un drama o una tragedia: cada

vida es una novela. Y por la fatalidad de la muerte, la vida es una película!


Pero hay dos clases de espectáculos: hay presenciar la muerte y presenciar la muerte. (¿). Una cosa es ir a

visitar un amigo […] Y otra cosa es hallarse (¿) presente en el momento del postres suspiro. Y otra cosa es ver

morir a compañeros de barraca en un campo de concentración. Ver morir. Ver morir en un campo de concentración. Ver morir en el extranjero. Ver morir en un campo de

concentración extranjero. Yo he tenido un ataque cardiaco en la cárcel. Yo he estado a punto de morir

y he tenido muchos ataques cardiacos en campos de concentración. Y he oído decir en tono mío : 

-A ver si esta noche va a haber otra…


Morir en una cárcel y morir en un campo de concentración es peor que morir en la calle. En Cataluña se decia:

“Tens por de morir vestit”. (Tienes miedo a morir vestido). Yo he visto morir enteramente vestido y enteramente

desnudo. He visto morir a hombres desnudos, hallándome vestido; y he visto morir a hombres vestidos,

hallándome casi enteramente desnudo.


De todos modos se realiza la acción de morir y de todos modos se deja de vivir. Da igual que al fin la vida sea

un ciclo o que se opine que la vida es una cárcel y un campo de concentración.


                                                            ○○○ 


La muerte debe de ser una descentración. Si ya en vida nos hallamos descentrados, tanto vale morir. ¡Si pudiéramos

escoger la manera (o escasez o la mancra?) de la muerte! Pero no hay manera de imaginársela. Para mí la muerte

es la pérdida de la lucidez. Lo restante es como aguardar que llegue el coche del entierro.


Los espíritus fuertes se burlan de la escenografía de la muerte. Si hay que morir, hay que morir. Pero morir solo,

sin la escenografía de la familia, sin la escenografía de la patria, sin la escenografía de la religión, sin una siquiera

de las tres escenografías, es un espectáculo poco brillante. Uno no puede verse entre dos cirios y metido en una caja;

pero puede imaginárselo… ¡Y puede imaginarse también que no habrá cirios ni caja! O, en el mejor caso, que habrá

una tosca caja de madera blanca. O, como en el campo de Récébédou, que pondrán tres ataúdes negros

supuestamente en un coche amatrado y empujado por una madre y una hija a guisa de caballos. (Pero los dos caballos

van siempre delante, y no uno delante y otro detrás). En Cataluña también se dice: “Que en duràs pocs de capellans

a l’enterro!" (Qué pocos curas llevarás al entierro).



Poco se imaginaba mi laico amigo Ramón Rusiñol, hijo de un primo de Santiago Rusiñol, que en su entierro no

habría curas; pero que tampoco habría laicos… No fue nadie al entierro porque nevaba. ¿Podemos hablar también

de la escenografía de la amistad? Yo fui el único en ir a saludar el paso del coche. Hacía dos meses que nos

conocíamos: yo había dedicado un verso a sus hijos y él me había dedicado una prosa. En verso o en prosa,

en la vida o en la muerte, necesitamos siempre de alguna escenografía.


                                                            ○○○ 


Más que presenciar muertes, es tétrico aguardar muertes. Estar en una misma barraca, que es peor que estar en

una misma habitación, aguardando que termine la agonía de un compañero. Muchas veces sin la compañía de la

amistad, sin la compañía de los ideales, bajo el único cobijo de la barraca: aunque el dolor une –a veces, no siempre-

y aunque la tragedia aglutina y solidariza, muchas veces no se tiene otra compañía que la de los compañeros de

barraca.


Una de las muertes que más me impresionaron fue la de el muerto de lesión mitral. Apenas había cruzado algunas

palabras con él. Pero su estado daba lástima. Ya ni podía colocarse el pistolet y los enfermeros tenían que manejarle

la pistola.


Esto ocurría en la enfermería del campo de concentración de Bram, que alojaba a 17.000 hombres. Ambos nos

hallábamos en la sala de cardíacos, a algunas camas de distancia. Yo había tenido el segundo ataque y estaba

aguardando el tercero, que fue el último y que pudo haber sido el último. Pero yo tenía más fuerzas, opinaba que

tenía la necesaria fuerza para no tener que recurrir al pistolet; y mi tercer ataque se produjo cuando me había

levantado de la cama para ir a hacer mis necesidades en un cubo que había al extremo de la sala.


El muerto de lesión mitral me daba lástima y miedo. Era más joven que yo, pero estaba más enfermo. Sentía

compasión por él, pero miedo por mí mismo. No salva el pensar que somos mejores o que estamos mejores que

los demás.

Los nfermeros le reñían como a un niño que se orina en la cama. Pero luego, cuando él pedía que le ayudaran

y los enfermeros lo dejaban finalmente sentado en el cubo, hacía esfuerzos y no hallaba fuerzas para obrar.

Seguían (¿) riñéndole. Se producían escenas cómicas, grotescas… y dramáticas.

La débil vocecilla del enfermo se perdía entre las risas de los enfermos. Alguno le decía cosas de este calibre:

- Muérete de una vez…


                                                            ○○○ 


No había enfermeras, sino enfermeros. Aquellos enfermeros no habían asistido a ninguna escuela y, en su mayoría,

no sabían curar ni siquiera conocer enfermedades. Se hallaban en la enfermería y hacían de enfermeros, huyendo

de la enfermedad del hambre.


En un campo de concentración –y el mundo es un gran campo de concentración- todo el mundo busca enchufes.

El muerto de lesión mitral murió finalmente un día, sentado en el cubo y haciendo esfuerzos por cagar. Y

pronunciaba (prononcio?) esta oración, que condensa todo el dolor y toda la indignación de los refugiados:

- Me cago en Dios…

Si hay Dios, no debería permitir que la gente muriera cagando.


7. El niño sordomudo


Me he acostumbrado ya a las deformidades y a las tristezas de toda clase en los adultos. Pero en los niños!

Entre los niños que pululan por aquí –hay barracas de niños, con un “jefe de barraca” adulto y de los demás

“quartiers” próximos vienen las niñas, si es preciso saltando o filtrándose por entre las alambradas– he visto

ya a un niño jorobado y a otro sordomudo.


He conocido a niños y a niñas huérfanos, cuyos padres murieron en España o en Francia o por el camino. O que

no se sabe dónde murieron. Me pregunto qué hacen, qué harán, qué han hecho…


Si se ha hablado de la organización de la desorganización y de la disciplina de la indisciplina, puede hablarse

también, viendo a esos niños y niñas, de la educación en un ambiente de ineducaciones. Qué plantas crecerán

en este terreno? Y cómo habrán aprendido a despertar a la vida todas esas criaturas?


Menos mal que ahora funcionan, junto al campo de fútbol, unas escuelas… aulas, en barracas… Juegos y cantos,

junto a las viñas o a alguna distancia del ferrocarril. Se les ve pasar en una doble hilera. Ahora, tiempo de

vacaciones, hay aquí la mayor actividad escolar. Ya han tenido unas largas vacaciones y además hay que

aprovechar el buen tiempo. Van con sus cuadernos, libros, plumas y lápices. La Sociedad de amigos Cuáqueros

manda camiones de material pedagógico. He visto libros anticuados, reimpresiones en lengua española hechas

por casas de París. Pero también he visto una magnífica geografía en español editada por la casa Hachette muy

recientemente, cuando nosotros ya llevábamos tiempo en Francia.


                                                            ○○○ 

Yo me pongo a escribir junto a las paradas. Lugar animado, de acceso libre, de transacciones y de conversaciones.

Los niños vienen a curiosear, a preguntar precios, a hacer compras. Los vendedores les ahuyentan, ante el temor

de que algún objeto desaparezca. Pero yo no los rechazo, porque no vendo nada y porque recuerdo la máxima

evangélica:

-Dejad que los niños vengan a mí…


Así, alguna vez, entablo conversaciones con ellos o no las rehúso. Si muy raramente les puedo dar algo, no me

cuesta nada darles el ejemplo de escribir, de hacer algo. Ellos creen que siempre escribo cartas y deducen que

también debo recibir muchas, y vienen en grupos a pedirme sellos de correo.

Tengo hasta clientes pegajosos:

- Y no tiene ningún sello de la F?

Nos dan cada mes dos sellos de a franco, con una F que quiere decir Franquicia. (Hay muchas discusiones sobre

si realmente significa Franquicia o se trata de la inicial de Francia). Pero yo sólo tengo sellos de la F… nuevos!

A algún amiguito le digo alguna vez:

- Yo tengo un chico como tú…

Y él me dice:

- ¿Por qué no ha venido?

Vale más que no haya venido…


                                                            ○○○ 


El niño sordomudo me había mirado varias veces y me había sonreído insistentemente. Es un niño muy fino,

muy guapo, moreno, tiene cara de muy listo. Yo debía de estar muy ocupado, sin ganas de entablar la conversación

que él parecía provocar con su sonrisa y con sus ojos rientes como sus labios. Pero son unos labios que no hablan!

No me di cuenta de que aquel niño no hablaba.

Hace pocos días, paseando después de cenar, ese niño me detuvo, me cogió del brazo, me enseñaba unas cosas

de las que los niños recogen. Pero no hablaba. Sólo sonreía. Yo creí que lo hacía en broma. Y le dije:

- ¿Pero por qué no hablas? Él me comprendió. Con dos dedos me estiró los labios…


                                                            ○○○ 


Yo comprendí. Pero él advirtió en mí un movimiento de duda.

Y del brazo me llevo a un tenderete donde venden gaseosas y cervezas y sirven “café”!

El dueño del “bar” comprendió los gestos del mudo y me aseguró:

- Es verdad… No habla…

Pero yo ya me lo creía que era verdad.


                                                            ○○○ 


Y ahora creo que aquel niño, que viene a “hablarme”, es el más expresivo, el más elocuente, el más cariñoso,

el más simpático…

No sé que hace un niño sordomudo en un campo de concentración.

¿Y añado a mi colección de tipos de hombres en ruinas, un “niño en ruinas”!



[68?] (14) El poeta inválido


No soy poeta, ni soy inválido. Aunque confieso que he publicado algún librito de versos y reconozco que no valgo para gran cosa.

Naturalmente, nunca me he llamado poeta. Y naturalmente también, me pesa l clasificación de inválido. “El poeta

inválido” me suena pésimamente. A lo menos valgo para hacer versos! Pero es verdad que los versos no sirven

para nada. Cuando, hace casi cerca de un año, al principio de la guerra franco-alemana, vinimos de Montolieu a

Bram unos trescientos intelectuales o mutilados –algunos de esos mutilados son mutilados espirituales o se hayan

espiritualmente mutilados y algunos de esos mutilados son verdaderos intelectuales-, el Dr. Diego Ruiz, ex-íntimo

del poeta Maragall y ex-presidente del Jurado de los Juegos Florales que hicimos allí el 14 de julio, empezó a

presentare amablemente ante todo el mundo “nuestro poeta”, presentándome benévolamente buen poeta. 


Luego, después de mi paso por la enfermería y por la barraca de convalecientes, me destinaron a la Barraca 26,

una de las destinadas exclusivamente a mutilados o inválidos. Yo, aunque enfermo, cardíaco, tengo una exterior

integridad corporal. No soy mutilado, pero he estado muy enfermo, y ahora padezco, por lo menos aquí en este

campo, una relativa invalidez. Y si ya era “el poeta”, pasé a ser “el poeta inválido”.


                                                            ○○○ 


Pocos días antes de entrar en la enfermería, yo había estado allí como visitante. Algunos de los enfermos me

habían oído declamar versos –míos y de otros autores- en nuestros festivales, y yo había de tomar también parte

en un festival que preparábamos especialmente para los de la enfermería, ya que los enfermos no podían

presenciar las veladas que organizábamos con frecuencia en todos los “quartiers”, con el beneplácito y a veces

con la asistencia del Comandante del campo. 


Pero, al ingresar en la enfermería, yo pasaba a ser algo así como un enfermo ilustre, aunque sometido, como

otro cualquier triste mortal a las vulgares miserias del “lecho del dolor”. 

Los últimos días, cuando yo empezaba a andar bien y a hablar bien, dediqué a mis compañeros enfermos,

sentado en mi cama, una sesión. 

Recité con dificultad, pero con éxito, algunos versos. Vuelvo a hablar casi perfectamente, pero aquella tarde fuí

algo así como un rapsoda… tartamudo! 

Pero mi público tuvo benevolencia conmigo. Me acogió como si perdonase un “gallo” de un cantante o una

“espantá” de un torero!


                                                            ○○○ 


Mi crisis mayor, mi ataque más fuerte, mi colapso más prolongado, tuvo efecto un día que me levanté de la

cama para sentarme en uno de los cubos que había aquí y allá en el pasillo, entre las dos hileras de camas.

Noté que algo iba a ocurrir en mí, sólo tuve tiempo de gritar pidiendo auxilio, y caí al suelo desplomado.

Recordé algunas muertes repentinas de enfermos al ir al “water”, y me pareció despedirme del mundo. Pero

una cosa me distrajo: arrastré hacia el suelo en mi caída aquel gran cubo, y su contenido se vertía sobre mis

ropas, sobre mi piel: una sensación física de repugnancia sólida y de frescura líquida. 

Después, mucho después, mis compañeros me decían riendo que si yo era “el ilustre

Vate”, aquel cubo tenía derecho a ser considerado “el ilustre wáter…”


                                                            ○○○ 


Mientras yo estaba en la enfermería, cambiaron al Comandante del campo. El nuevo Comandante, un Teniente

Coronel, no era un hombre alto y corpulento como el que acababan de trasladar. Más que un militar, parecía un

profesor, un médico. Y su primer cuidado fué visitar la enfermería. Los médicos españoles, también refugiados, y el médico militar francés le acompañaban por las salas y se detenían

a hablar con algún enfermo. Yo era amigo de dos de los médicos españoles y éstos invitaron al Teniente Coronel

a detenerse ante mi cama. Se pararon ante el cartelito en que aparecía mi diagnóstico, la curva de mi fiebre

y las lecturas de mi hipertensión, y me miraron. Yo estaba muy postrado y apenas podía hablar. El Dr. Ruiz

no dejó de decir que yo era poeta, un poeta enfermo… Y el Comandante se alejó deseándome que bien pronto

pudiera volver a hacer versos.


                                                            ○○○ 


El 17 de marzo de 1940, domingo, vino a verme una de mis dos amigas de Toulouse y me trajo dos paquetes con

comestibles, uno de cada amiga. Pero, de momento, sólo me autorizaron para comerme unas naranjas, además

de la leche condensada y el puré de patatas de la enfermería. Luego, al hacer ya “vida de refugiado”, con el

contenido de los dos regalos tuve para reponerme durante un mes. Chocolate, leche condensada, galletas,

mermelada, azúcar… Aquello era un euforia, un paraíso, una resurrección!


Cuando le pedí permiso para levantarme – la fiebre había desaparecido y la hipertensión había bajado mucho-,

éste me respondió:

- No hay inconveniente… Puede levantarse… si tiene ganas!

Me levanté, me afeité y me vestí para recibir a mi amiga francesa. Como no había sillas en la sala estuvimos

los dos sentados al borde de mi cama. Ella hablaba, yo tartamudeaba en francés.

No sé si por gastarme una broma en presencia de mi amiga –la única visitante de la sala-, vino un enfermero

a invitarme a que me pusiese el termómetro. Teníamos que ponérnoslo en el ano y después lo limpiaban con éter.

Yo tuve un momento de embarazo. Por aquel maldito termómetro, tendría yo que acelerar el término de la

conversación, que abreviar la visita?

Pero el enfermero me sonrió y me dirigió una mirada de condescendencia. Mi propia amiga me ayudó a colocarme

el termómetro… debajo del brazo! 

Cuando mi amiga se marchó vino el enfermero a preguntarme maliciosamente si a aquella señorita yo me veía con

ánimo de colocarle el termómetro!

Le respondí que sólo tenía ganas de volver a acostarme y que no me levantaría de la cama en dos o tres días.

El enfermero replicó:

- Ya. Por lo visto no tiene usted ganas de levantarse.


                                                            ○○○ 


Cuando, en noviembre de 1934, el Dr. Fosar Bayarri médico de la Cárcel Modelo de Barcelona, me visitó, me

anunció que yo tenía “endocarditis”. Yo murmuré:

- ¡Caray! Deberá ser cierto. Eso es lo que tenía mi hermana.

Cuando el Dr. Pedro y Pons, especialista en cardiología en el Hospital Clínico de Barcelona, me visitó y me hizo

hacer un análisis de la sangre, un examen radioscópico y un electro cardiograma, recuerdo que examinando mi

corazón y mi pecho daba una lección a los jóvenes estudiantes de la Facultad de Medicina ante la pantalla verde

fluorescente, y les iba mostrando con el dedo ciertas particularidades de mi organismo.

Yo decía para mis adentros:

- ¡Caray! Esto es peor que una “girl” enseñando los muslos. Te ven las entrañas y te ponen al descubierto las

debilidades de tu carne! Y ese dedo acusador penetra en mi pecho como un agudo puñal y va recorriendo mi

corazón y mis arterias como un puntero recorre los ríos y lagos de un mapa!


Recuerdo que pronunciaron la palabra latina “ictus”. Y lo recuerdo porque esa palabreja aparecía en los tratados

de Retórica y Poética, y significa algo así como una pausa, como un acento, y debe tener una equivalencia en

Fisiología, algún significado especial en el estudio de las enfermedades de la circulación de la sangre.

Pues bien: cuando al levantarme tuve la malsana curiosidad de ver qué es lo que decía el cartelito con el

diagnóstico a los pies de mi cama, observé que aparecía en caracteres rojos como la sangre la palabra misteriosa, mágica:

- Ictus.

Y admirado de aquel prodigio, dije para mí:

- ¡Caray! ¿Será verdad la Medicina? ¡Esto es como predecir un eclipse!

Por eso creo un poco en la fatalidad. Estaba escrito! Estaba escrito en mi sangre y en mi corazón, se proyectaba

en aquella pantalla verde, y con años de anticipación lo leían los médicos y los practicantes. Lo leían en un

lenguaje incomprensible para nosotros los enfermos, para los analfabetos de la Medicina! Aquella sesión de

lectura era también una sesión de “cardiomancia” y una sesión de cine científico: algo así como la película

“El gabinete del Doctor Kaligari”. 

Si en nuestra vida existe efectivamente una parte de fatalidad, dónde queda el libre albedrío? El “libre” albedrío

debe de ser como la “libre” libertad en los campos de concentración. Se puede predecir una enfermedad como

se predice un eclipse… Desde mi último ataque, he quedado eclipsado.


                                                            ○○○ 


Corría el rumor de que este campo iba a desaparecer y que a los enfermos nos trasladarían al Hospital de

Carcassonne. El médico francés nos visitó un día e iba dictando en francés a una enfermera francesa. Ésta

apuntaba el nombre de cada enfermo y su enfermedad, hacía una lista. El médico francés, que ya me conocía

y conocía mi caso, dictó en mi presencia a la enfermera:

- Nephrite avec hipertension!

Y otra vez murmuré:

- Caray! Esto va en serio!


Le he oído a mi hermano decir que nuestra madre, de la cual mi hermano y yo –los hermanos pequeños- hemos

heredado la “endocarditis”, murió de un cólico nefrítico… Todo se enlaza, todo se relaciona. Me maravillé ante

tantas coincidencias. ¿A ver si resultaría verdad que yo estoy enfermo?

Pero mi admiración y mi asombro, mi fe en la ciencia, me han producido como una superstición…

Aguardo el instante final.


                                                            ○○○ 


Repasando mentalmente los antecedentes, el historial clínico de toda mi familia, me digo orgullosamente que no

se trata más que de algunos casos de desequilibrio: almas grandes y cuerpos débiles!

Mi madre, que siempre estuvo enferma desde mi nacimiento hasta su muerte, dicen que era una gran mujer.

Mi hermana, enferma como yo, vibra como yo y resiste como yo. Mi padre, de familia muy sana y longeva,

no me escribe cartas, pero pone, al pie de las de mi esposa o de mi hermana, su enérgica firma, y ha resistido

a los setenta y cinco años un accidente automovilístico.

Y yo, el poeta inválido, sigo creyendo en la poesía y no creo en la invalidez.


                                                            ○○○ 


Pero el más optimista tiene momentos –sólo momentos!- de desaliento.

Después de los veintisiete días en la enfermería, pasé sólo cuatro días en la barraca de convalecientes. Era

una convalecencia muy corta. Me despidieron misteriosamente, sin visible intervención médica, sin explicaciones…

Yo me dije:

- Ah, si? Pues ya estoy bueno…

Me mandaron a la Barraca con número 26, sin que yo supiese que se trataba de una barraca de inválidos y mutilados.

Me extrañé un poco, al llegar, viendo tantos desechos, tantos deshechos… Pero como aquí, quien más, quien

menos, todo el mundo o casi todo el mundo está hecho una ruina!

A los dos días, el jefe de la barraca, un cojo muy castizo, me lo aclaró:

- ¿Pero usted se creyó…? ¿No ve que aquí ninguno valemos pa nada?

Yo estaba un poco compungido, preocupado por mi “invalidez”. Pero el jefe de barraca me consolaba:

- No se preocupe! No ve que las lentejas dan poca fuerza? Y en cuanto a eso de “poeta inválido”, no tiene ninguna

importancia: debe de querer decir solamente que usted no vale nada como poeta!


14. (18) El barbero con once hijos


“Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento!

Ya que lejos de mí vas a estar

guarda, niña, mi gentil pensamiento

al que un día te quiero contar

un cuento!”

Rubén Darío.


Ayer por la noche llovía y me acosté más temprano que de costumbre. Pero había pasado toda la tarde estudiando

inglés, me cansé y me dormí enseguida. He soñado que estaba junto a mis hijos, a la hora de acostarme, y que mi

hija me invitaba a contar un cuento.


                                                            ○○○ 


Esta mañana hacía un buen sol y me he puesto a reconstituir alguno de los cuentos de este libro que perdí cuando

me llevaron a la enfermería, unos completamente escritos y otros sólo esbozados. Salvé casi todo lo completamente

escrito –llevaba llenos de borradores los bolsillos del chaleco, de la americana y del abrigo-, pero me quedaron

en la barraca del “quartier” que fue disuelto otros escritos y muchas notas.

Como los conferenciantes o los oradores de mitin que se hacen un guión de lo que van a decir, yo había anotado

para reconstruir “El barbero con once hijos”, lo siguiente:


1º. Los once hijos.

2º. Los dos hijos del alemán.

3º. Buenos aviones.

4º. El hacha de Hitler.


Con tales elementos he de volver a escribir mi cuento. Pacientemente, pero con entusiasmo!

Ocurre con frecuencia que algo proyectado en un momento de inspiración, de fiebre, se desvaloriza a nuestros

propios ojos en el momento de realizarlos, hasta el punto de que abandonamos la idea. Hay cosas sin consistencia

que solo se salvan por la forma!


                                                            ○○○ 


El primer día del año recibí la carta de mi amiga Marie Luise Castel, de Toulouse, quien obtuvo un permiso

especial de la Préfecture para penetrar en el campo y me trajo una maleta nueva, casi llena de objetos útiles y de

“denrées alimentaires”. 

Después le escribí una carta de agradecimiento y tuve la humorada de glosar en verso, en seis o siete octavas

reales, las principales cosas que me había regalado.

Ella me escribió muy complacida, y me dijo modestamente para ella y elogiosamente para mí:

- Del estiércol sabe usted hacer flores!


Pero lo que ella me había traído era más oloroso y sobre todo más nutritivo que el estiércol, por lo menos para

los que no somos escarabajos. 

He dicho esto del estiércol porque a veces me ocurre que en un principio pienso que algo es aprovechable y lo

levanto de un estercolero, aunque sólo haya de servir de abono, y luego yo mismo opino –si no he sabido

aprovecharlo transformándolo sabiamente- que es una cosa digna de ser echada a la basura.


                                                            ○○○ 


Al ponerme a escribir este cuento he recordado un sueño de la pasada noche y se lo he dedicado a mi hijita!

Será un poco incoherente, ni resultará apropiado para ella las palabras no serán adecuadas a las cosas y las cosas

no corresponderán a las palabras y no tendrá la gracia y la maravilla de una narración de Poe o un cuento de

Hoffmann, pero reflejará algo de una maravillosa vida extraordinaria y tendrá la falta de ilusión de un sueño

fastidioso, si no el encanto de un cuento fantástico!


                                                            ○○○ 


La historia del barbero con once hijos que me parecía interesante cuando concebí su desarrollo y pasable cuando

la realicé, y la había desechado luego por insubstancial. Pero son tantos los recuerdos que me ligan al barbero con

once hijos -algunos de los cuales recuerdos me traen otros de una plácida vida anterior- que no resisto a la tentación

de hablar de él y rehacer mi cuento.


                                                            ○○○ 


Ese barbero era un curso viviente de geografía. Muchos barberos son cursos de otras cosas, pero no tienen tanta

vivacidad, ni tanta movilidad.

Me acuerdo de aquel chascarrillo relativo a un barbero:

- Cómo quiere usted que le afeite?

- En silencio!

El barbero de manas era de Madrid, pero últimamente vivía en Barcelona. Y tiene hijos de varias regiones españolas!

Los más pequeños están también en un campo, con su madre. Otros los tiene o los tenía trabajando en Besançon,

en Tarbes, en la Gironda. También hablando de sus hijos, hace otro curso de geografía francesa!

El punto dramático que me hizo iniciar mi primitivo cuento, fue el recuerdo de un padre y una madre huyendo con

once hijos!

Pero esto ahora me resulta anticuado. Hay dramatismos que superan otros dramatismos!


                                                            ○○○ 


Viene ahora el punto: “Los dos hijos del alemán”.

Ello me recuerda una pintoresca conversación, en la cual yo servía un poco de intérprete, entre ese barbero y un

alemán que vino con sus dos hijos pequeños a que les cortase el cabello. Estuvieron algún tiempo en este campo

con nosotros. Procedían de Bélgica.

El barbero, que no sabía el francés, pero que lo ha aprendido aquí dentro del más empírico método Berlitz,

respondía y correspondía al francés y al alemán con dificultad. Yo estaba cerca e intervine con algunas aclaraciones.

Respondiendo a la consulta del barbero sobre alguna palabra, yo le decía:

- Claro que ese señor no corresponde. Esas dos palabras las aprendió usted en Barcelona, no aquí. Eso es catalán

y no francés!

Y los dos padres de familia conversaban, se contaban algo de sus parecidas impresiones, hablaban de sus hijos

y el madrileño subrayaba orgullosamente que tenía once!

Y agregaba:

- Y me parece que en cuanto pueda reunirme con mi compañera, que ahora está en ese campo contiguo, haremos

la docena!


                                                            ○○○ 


El barbero hablaba de la guerra con su cliente, y hablando de los parachutistes se esforzaba en hacer elogios del

país de éste. Como supremo argumento, sólo sabía decirle que en su país construían buenos aviones! Los aviones

alemanes han sido buenos para nosotros.


                                                           ○○○ 


Un día se presentó al barbero un teniente de guardias móviles, para que cortase el pelo al rape a un refugiado castigado.

El barbero hizo un gesto ofreciendo con amabilidad al “cliente” su sillón, un sillón improvisado, hecho toscamente

de madera la más ordinaria. Pero el teniente no permitió aquella comodidad. Hizo poner de rodillas en el suelo a

aquel hombre y así pudo el barbero realizar su labor.

Yo estaba escribiendo en una mesilla próxima. Todos los que pasaban por el centro de aquella barraca veían con

desagrado aquel espectáculo. Parecía que el barbero, que hacía brillar con sus movimientos las tijeras que utilizaba,

iba a decapitar o degollar a aquel hombre, vejado más por la vejación de la actitud humillante que por el intento

vejatorio del corte de cabellos.

Alguno que pasaba parodiaba humorísticamente:

- Vale más vivir sentado, que morir de rodillas…

El barbero decía después que nunca había “trabajado” en aquella forma y que le parecía haber actuado de verdugo.


                                                            ○○○ 


Yo recordaba la cubierta en colores de una edición popular de “Los tres mosqueteros”, en que la cruel Milady

aparece de rodillas, presta a ser decapitada por un hombre con capa y con máscara encarnadas.

Me impresionó tanto el espectáculo de aquel refugiado, de aquel hombre como yo, arrodillado a los pies del

barbero, y me hace evocar tanto el grabado truculento de aquella edición de “Los tres mosqueteros”, que hasta

recuerdo las últimas palabras pronunciadas por Milady aparece de rodillas, frente a ser decapitada por un hombre

con capa y con mascara encarnadas. Me impresiono tanto el espectáculo de aquel refugiado, de aquel hombre como yo,

arrodillado a los pies del barbero, y me parece evocar tanto el grabado truculento de aquella edición de “los tres

mosqueteros”, que hasta recuerdo las ultimas palabras pronunciadas por Milady antes de morir, en inglés en la

novela francesa de Alejandro Dumas:

- I am lost. I must die!

[Y yo que creía que todos los franceses, a pesar de ser el país que generalizó la decapitación y la patria del doctor

Guillotin, odiaban el espectáculo de las decapitaciones y se avergonzaban de cualquiera otra actitud humillante!]

                                                            ○○○ 

Si tuviese mis hijos conmigo, les diría que no hay que sentir nunca el odio y la venganza y que siempre hay que

llevar en el pecho sentimientos de piedad. No debemos hacer arrodillar a los demás, pero tampoco debemos

ponernos de rodillas. Quien es capaz de hacer arrodillar a otros, es justamente quien se arrodilla fácilmente él

mismo llegada la ocasión.

Ahora que estamos prontos a embarcar para América, en donde espero no ves?[...], como estamos viendo ahora en

Francia, a [...] hombres de rodillas dedico este cuento a mi hijita .

Y acabo:


“Montserrat, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento!

Ya que lejos de mí vas a estar

guarda, niña, mi gentil pensamiento

al que un día te quiero contar

un cuento”


Tu padre te quiso contar un cuento, pero estaba tan lejos que no pudo…



18.(7) El señorito (11 de septiembre de 1942)


Los diez actuales componentes de mi mesa en el comedor nos conocemos desde hace poco. Siempre que hay

traslados de gente –que va a otros campos o que viene de otros campos- la marea repercute en los más apartados

rincones. Somos nueve españoles y un judío alemán que está contento de nuestra compañía. (Y nosotros de la

de él). Los otros ocho son ex-combatientes en España. Cinco mutilados: cuatro de un brazo y uno de una pierna.

El cojo reparte siempre la comida. Los cuatro mancos no van nunca a buscarla. Los cinco comensales estamos

de servicio una vez cada cinco días y no cada diez. Pero lo hacemos gustosos. Cuando el tercer plato consiste

en un trozo de carne o de queso o en una manzana, se procede a un sorteo. O el que siempre reparte va cogiendo

los trozos y preguntando:

- ¿Para quién es éste?

Uno, vuelto de espaldas, le responde:

- Para Fulano…


El judío alemán y yo, como hace poco que todos nos conocemos, somos todavía para nuestros compañeros un

fulano sin nombre.

El que responde va diciendo: “Para Pérez”. O “Para Ambrosio?”. O “Para Fuster”.

Cuando el joven vuelto de espaldas que va cantando apellidos ha agotado el repertorio de los apellidos que conoce,

exclama:

- Para el judío.

O para nombrarme a mí me señala con un gesto o murmura a su compañero integrando algún apodo referente a mi persona:

- El de los lentes.

O “el calvo”. En alguna mesa algunos me había nombrando “el catalán”.


Pero hoy me he fijado y me he dado cuenta de lo que ha dicho el cantador (o contador?) de apellidos

–un campesino andaluz- refiriéndose a mí. Casi me he ofendido. Pero se ve que lo ha dicho con toda naturalidad

y sin querer molestarme o sin que lo tomasen a chunga o a cachondeo.

Ha dicho, respondiendo al que preguntaba para quién era el último trozo de carne y refiriéndose a mí:

- Para el señorito…


                                                            ○○○ 


Señorito, sólo me lo decía mi padre a tono de reproche. No estoy acostumbrado a oír que me lo digan los criados. 

Claro que alguna vez me lo han dicho. Pero una golondrina no hace verano. No he tenido dinero, pero me he

gastado todo el dinero que he tenido. No he tenido criados pero he llegado a tener criada (¿).


                                                            ○○○ 


No conozco el agudo de tener criado que me diga señorito. Solamente aspiro a cierto señorío espiritual. Aunque no

he tenido criados, he sido mal criado. Y he sido un mal criado. Ni servidumbre para mí, ni servidumbre frente

a los demás.


                                                            ○○○ 


Me doy cuenta de que debo justificarme para no parecer orgulloso.

Nací en Barcelona en un barrio rico y me críe entre gente rica. Pero hijo de gente pobre. El hijo de la portera.

(En catalán “el fill de la portera”). En Barcelona la expresión tiene un sentido despectivo, equivalente a

“el pito del sereno”. Ya se ve que siento tristeza, pero no orgullo.


                                                            ○○○ 


Una señora, dueña de una mercería, que acababa de enviudar, me decía a veces “El señorito”. Pero lo decía con

tono afectuoso y maternal. Me trataba de señorito como me trataba de pollo.

Cuando yo iba a la mercería a comprar cosas para mi hermana modista, la joven viuda me decía:

- Diga, pollo… ¿Qué desea el pollo?


                                                            ○○○ 


Voy a contar una anécdota final. Yo empecé a trabajar, a los trece años, de meritorio en un Banco.


                                                            ○○○ 


Iba relativamente bien vestido. Hasta una vez demasiado bien vestido. El corte, el arreglo, correcto. Pero la tela

demasiado buena, demasiado buena para mí. Los míos me habían adaptado un traje de señor; que yo, señor,

empecé a llevar con vergüenza. Mis jóvenes compañeros del Banco empezaban a pervertirme: yo empezaba a oír

hablar de millones y empezaba a oír hablar de mujeres y a oír hablar mujeres. Oír hablar a las mujeres me gustaba

más que oír hablar de Bancos. De bancas, bancarrotas y desfalcos; y no de enfermedades venéreas.


Frecuentábamos un “café de camareras”. En aquellos tiempos no estaba generalizada la expresión “cabaret”.

Las “camareras” entraban trayendo lo que habíamos pedido. Y una vez habían hecho de camareras se ponían a

hacer de camareras.

Un día una “camarera” trajo algo para mí, recién llegado; y preguntó a otra, distraída:

- ¿Para quién es esto?

La otra, aludiendo sin duda al hecho de ir yo elegantemente vestido, respondió:

- Para el marqués de Comillas. (Rigurosamente auténtico).


                                                            ○○○ 


He aquí cosas apantes(¿) me ha traído a la memoria la palabra señorito.

¡Qué lejanos están aquellos tiempos!

He sido llamado como todo el mundo señorito y señor; pero han acabado llamándome como a todo el mundo

ciudadano y camarada…

Y ahora me llaman otra cosa: me llaman refugiado. Es una cosa que no tiene nombre...


29. El andaluz y el vasco


Me distraen de mis pensamientos las frecuentes discusiones entre un andaluz y un vasco compañeros de

“dormitorio”, que se hallan próximos a mí. Me distraen de mis pensamientos dificultándome aunque no

impidiéndome el desarrollo de mis actividades literarias. Pero si a veces me nublan el pensamiento, también

me distraen de mis preocupaciones.Al vasco le llaman “el gudan”. Al andaluz le llaman “el Málaga”. Lleno de chupos y de colorido está su lenguaje.

Cada uno de nosotros es el fruto de su ambiente, la flor del terreno en que se ha criado, el resultado o la resultante

de las circunstancias de (¿)en que ha vivido.


Como un idilio entre el pino del norte y la palmera del sur el diálogo entre esos hijos del norte y del sur de España,

me atrae y me distrae aunque a veces me trae de cabeza!

Hoy se han peleado pintorescamente… Y hasta podría lucir en mi narración los detalles de una pintura impresionista!

Usan un castellano vascuerero andaluzado. A las características del norte y el sur, unen el conocimiento del este

y del oeste. Se saben el repertorio de todas las regiones!

Un repertorio no original –más bien vulgar y conocido-, pero ameno y variado.

Hoy se han peleado a la hora del café. El Vasco, casi desnudo, iba repartiendo con parsimonia las gotas de un

café sin gota y sin café. 

- Parece que reparte oro!

Amanecía, se veía poco, y el vasco andaba distraído hablando con otro.

El reclamante andaluz se quejaba de que le habían disminuido su escasa ración de café y dijo:

- Claro, como que andas mirando de aquí y pa llá como las putas cuando están jodiendo!

Me han hecho gracia y me he puesto a reír. Claro. Como que las prostitutas no se mueren de éxtasis ante la faz

del amado!

Y he recordado un cuento de un amigo, según el cual la despreocupación de una profesional del demi-monde

llegaba hasta tal punto cuando ejercía su profesión… que se ponía a leer el periódico!


45. El ruso de “Troika” 1 febrero de 1942


Es éste uno de los tipos más “típicos” que hayan pasado ante mis ojos.

No sólo ha pasado ante mis ojos, sino que pasa y repasa constantemente entre la ventana y yo, privándome la luz.

Le tengo a mi lado, se me ha adherido, se me ha incrustado. Me molesta continuamente, pero… Si a mí otros

me ayudan, ¿cómo negarle mi ayuda?

Es muy original. Es de otra raza, de otra mentalidad, de otra manera de ser… Pero es un hombre como yo,

un hermano nuestro, que se encuentra solo y que busca refugio!

Es…


                                                            ○○○ 


Es “la estatua”. Es “el pasmao”. Es “el pope”. Es “el ruso de Troika”. Tales apodos, tales motes le han puesto mis

compañeros de pabellón. Somos ahora todos españoles, con dos excepciones: un griego y un ruso. Del griego,

llamado por alguno no el greco, sino el gringo, hablo en “El griego de Marsella”. Me queda por hablar del ruso.

Los dos compañeros que dormimos junto a él y que somos molestados por sus continuas peticiones, formamos

con él una “troika”. Como en el departamento para cuatro hay una vacante, no llegamos a formar una “cuadriga”.

Mi compañero español dice que el ruso se parece, como una gota de agua a otra gota de agua, a un tipo

característicamente ruso que salía en la película “Troika”. Todos los hombres, aun de distintas razas, somos gotas

de humanidad!

Lo de “pope” quizá sea debido a cierto aire levítico de nuestro vecino. Es silencioso, lacónico, reservado…

¿Tendrá algo por reservar o es su reserva natural?

“Pasmao” se lo dice un madrileño. Parece que al ruso muchas de nuestras cosas le pasman y maravillan. Se queda

mirando en silencio, como un niño…

Una estatua lo parece cuando permanece en el centro o en un ángulo de nuestra habitación largos ratos quieto y en pie.


                                                            ○○○ 


El día que llegó el ruso, el jefe de nuestro pabellón nos anunció que tendríamos a otro “hébergé”: uno procedente

de un hospital, enfermo de los nervios. Pasea como un sonámbulo. Se levanta de noche y no parece sino que le

haya venido un acceso de “sonambulismo”. Pero no… Es que se dirige al jefe del pabellón para entablar una

protesta.

Unos jugaban a cartas y tres mancos hablaban en voz alta después de la hora de silencio. El ruso se levanta, casi

desnudo. Y, después de dar maquinalmente varios pasos, llega ante el jefe y le pregunta en francés:

- Chef, ¿es esto un campo-hospital o una casa de locos?

Alguien se burla de la estatua que vuelve a su pedestal.


                                                            ○○○ 


Yo me dejo “timar” por el ruso. No los he puesto precisamente a su disposición, pero él dispone continuamente

de mi cuchillo, mis tijeras, lápiz, pluma, tintero, papel, sobres, cordel, fósforos… Le presto libros, le presto

cigarrillos, le he prestado un plato… (El suyo lo ha roto al dar con él en la cabeza de un judío alemán, después de lo

cual se quedó tan tranquilo). Todo se lo presto prestamente!


Más que ser yo generoso, él es pedigüeño. Aquí no vivimos en un ambiente de cordialidad, ni de prodigalidad.

Como sólo tenemos –cuando lo tenemos- 18 kilos de carbón cada quince días, la estufa está siempre apagada.

Cuando algunos la encienden con carbón o leña que “se han proporcionado” corriendo un riesgo personal, los

demás no tenemos derecho a acercarnos a la estufa, a aproximar a ella las manos.

Me pide cosas como un niño las pide a su padre. Me pidió una pequeña remolacha, me ha pedido un trozo de pan…

Al ver que yo accedía a esto último, mi vecino español ha saltado de indignación y ha murmurado que somos todos

hermanos, pero no primos…

Me justifiqué diciendo que yo había dado al ruso no un trozo de mi ración de 200 gramos teóricos, sino un trocito

de un pan que me habían mandado por correo, no hay que decir que certificado. Y mi vecino exclamó:

- Precisamente por esto el “pasmao” es un desaprensivo!

No estoy en situación de ofrecer pan, pero si mi pan le ha dado envidia… El pan que he recibido es una larga

barra, un pan muy superior al de aquí, parece pan de lujo… ¡El pan se nos ha convertido en un lujo! El ruso se

comió el trozo de pan con visible satisfacción y me dijo:

- Vous m’avez fait grand plaisir!

Pareció agradecerme no el pan en sí mismo, sino el haber accedido a su petición, como si hubiese querido probarme…

Soy su amigo y compañero, procuro tratar a todo el mundo sin asomos de xenofobia pensando que todo el mundo es

de todo el mundo, y me dice para mostrar su agradecimiento:

- Vous ne semblez pas espagnol!...

Ciertos extranjeros tienen un buen concepto de los españoles pero lo pierden ante la conducta de ciertos españoles.


                                                            ○○○ 


El ruso sólo se entiende bien con el jefe del pabellón, con el griego y conmigo. Para llamarnos dice simplemente

en voz baja: “Chef”, “grec”, “voisin”… Si no le oímos, repite la palabra tantas veces como sea preciso; pero

nunca la palabra pronunciada por tercera o cuarta vez tiene mayor sonoridad que la vez primera…

Le he dicho mi nombre. Él se llama Fedot Nikichine.


                                                            ○○○ 


Una mañana me despertó para pedirme un cigarrillo. Una madrugada –estaba nevando- volvío a despertarme

para pedirme mi vaso de noche. La segunda noche se lo negué, alegando que no era de cabida suficiente para

los dos. Ahora utiliza tres o cuatro pequeños botes de hoja de lata y ensucia algo el suelo: al levantarse me pide

mi bayeta y mi cubo y lo friega cuidadosamente.

Una vez, como alguien le elogiase diciendo que aquélla era la única cosa que sabía hacer bien, exclamó:

- Au régiment je le faisais chaque jour.

Es el único antecedente que de él tenemos.


                                                            ○○○ 


Me pregunta:

- Avez-vous quelque bouquin?

Le presto obras teatrales francesas; rehusa las que están en verso. Pero se ha entusiasmado con “Le Bourgeois

Gentilhomme”, que no conocía. Me causó extrañeza que no conociese la obra de Molière. Y me preguntó cuál

era mi grado de instrucción. Me admira porque me ve hacer versos. Y me consulta vocablos franceses. Tiene

sólo un pequeño diccionario ruso-francés de bolsillo. Ayudándole, he aprendido palabras como ésta: Bévue.

Yo tampoco la sabía. De labios de él he aprendido que en francés colilla es mégot. A veces hay quien comete

bevues y mendiga megots.


                                                            ○○○ 


Ahora ya no causa extrañeza que no lo pida todo, porque todo se lo doy.

Pero no es verdad que se lo dé todo… Hay algo que yo no puedo darle… porque ni yo lo

tengo. Los unos se espían a los otros. Se sabe quién recoge colillas, quién arranca hierbas para comer, quien

remueve basura…

He oído junto a mí estos cuchicheos:

- ¿Sabéis quién estaba hoy?

- ¡Vaya usted a saber! ¿Quién?

- Nikichine…


                                                            ○○○ 


Nikichine, ahora que se sabe que pasa hambre, ya tiene personalidad. Ya no es “el ruso de Troika”. Algunos se

preguntan:

- ¿Pero es un ruso soviético?

Soviético o no soviético, es un ruso. Ciertamente es un personaje tolstoiano.

Yo he aconsejado preguntárselo directamente a él. Quien quiera saber, que vaya a

Salamanca.


                                                            ○○○ 


Los que hayan leído novelas rusas recordarán la palabra “icono”. Y los cultos en historia sabrán lo que son

“iconoclastas. Alguien ha descubierto que nuestro ruso no es un iconoclasta, pues lleva una medalla colgada del

cuello. Con la piel desnuda, con el cuerpo desnudo, no es posible disimular medallas ni tatuajes.

He oído más de una vez a mi vecino cantar canciones rusas. Cantar en voz baja…

Hablarse en voz baja… O, mejor dicho, hablarse a sí mismo pronunciando las palabras con voz alta. Pero esto

no es de extrañar en un enfermo de los nervios…


La noche pasada, muy fría –y el día había sido de mucha hambre-, muchos hemos

sentido como un desasosiego: todas las penalidades concurren a causar el insomnio…

Cada cual está con sus pensamientos y con sus penas. ¡Solo y sólo con su soledad!

Lo he percibido bien: en el silencio de la noche “el ruso de Troika” rezaba…


46. El judío millonario (3 de marzo de 1942)


“Aquesta nit la Balenguera

Vol maridar se… Qui la vol?

Dansa que dansa i cruix la lona,

Catric catrac, sobre el trespol!”


(Cuarteto basado en un poema de Joan Alcover i Maspons, La Balenguera, himno de Baleares)


Dicen que son varios los judíos de aquí que son millonarios, y muchos riquísimos…

Me señalan a uno:

- Ves a aquél? Perdió a dos hijos en la pasada guerra y ahora ha perdido una fábrica de juguetes.

Pero el “más millonario” dicen que es uno que lleva una pierna ortopédica y anda ayudándose con dos bastones.

Hay dos judíos que se pasean con piernas ortopédicas. Uno hace un ruído como de cuero?, con un chirriar de

puerta que gira sobre sus goznes. El otro hace ruído de hoja de lata, como el chocar entre sí de los botes con

los cuales se va a buscar el rancho.

El ruído que hace el judío millonario se parece también al “clac” de los huesos y me recuerda al de las manipulaciones

de un charlatán, mitad Cagliostro y mitad Mesmer, que hacía a unos títeres suyos bailar la danza macabra: ¡Teatrillo

de suburbio y ciencias ocultas de plazoleta!

Este judío que aquí no puede presumir sus millones, pero que evidentemente puede comprar más cosas que yo

en la cantina, avanza apoyando en el suelo ora la pierna buena –relativamente buena- ora la pierna ortopédica y

los dos bastones. Más de una vez le he cedido el paso y me he despedido de él:

- Bitte sehoen!

El judío millonario dicen que era dueño de uno de los mejores hoteles de Berlín ¿Y sabéis cómo se rompió la pierna?

Cayendo y rodando por las escaleras de su hotel!

Debía de ser una majestuosa escalinata…Y él debía de subirla y bajarla con el aplomo de quien reina en su casa!

Quizá, de no haber sido el propietario del hotel, no se habría roto la pierna por sus escaleras…

¡Pero hay tantos accidentes del trabajo! Los judíos tienen mala suerte. ¡Peor que la de los españoles!

Aunque ellos son aquí a veces más numerosos que nosotros, el número de sus muertes es proporcionalmente

mucho mayor. ¿Será ello debido a cierta sobriedad de mucha gente española? Estamos aquí “resistiendo” y esto

es como un concurso de las 72 horas de danza…

Dicen que el médico francés está “espantado”, maravillado de la resistencia de los españoles. Aunque no nazcan

como gatos, viven y se alimentan como pájaros y no mueren como conejos…

Los españoles de aquí sienten, más que la alegría de vivir, el orgullo de no morirse.



47. El fakir indio (12 de septiembre de 1942)


En una de las últimas razzias ha venido a parar aquí un personaje importante: nada menos que un faquir.

Nada menos que todo un hombre. Un hombre con barbas rubias y con gran cabellera rubia. Un tipo de hombre.

No de una divina belleza, pero de apariencia divina: con algo de retoque podría hacer a las mil maravillas el papel

de Jesús en la Pasión de Oberammergau o en la de Olesa. Un hombre de majestad máxima. Pero aquí le han

tratado poco majestuosamente y pronto le han minimizado.


                                                            ○○○ 


Le vi por primera vez en el comedor. Sentado majestuosamente y más o menos silenciosamente entre sus

compañeros de mesa. Le tomé –realmente es un hombre extraordinario- por un hombre extravagante: algo así

como un vegetariano o naturista que además es teósofo y lleva sandalias, de las que yo había visto en Barcelona

donde hay de todo. Parece que la religión religa todos los asuntos: hasta los de sastrería o los de hotelería.

Estaba en medio de sus compañeros de mesa tan silenciosamente y tan modestamente que casi parecía avergonzado.

Algo vergonzoso y muy discreto, debe de serlo.

Verdaderamente irradia de su persona lo que se dice majestad: quizá en las operetas el vestuario resulte tan

importante como el libreto y la música.

Las mesas en el comedor son para diez personas: el fakir indio estaba rodeado por nueve compañeros. ¡Lástima

que no le rodearan doce discípulos!


                                                            ○○○ 


Va haciendo discípulos y pronto reunirá más de doce. Pero ¡ay! En cada doce discípulos

hay un falso apóstol. Sin duda es inteligente y habla un francés correcto. Dicen que vivía en París. En París hay

también de todo y naturalmente más aún que en Barcelona. Aunque muchos refugiados españoles han quedado

desencantados del sur de Francia –desencantados porque antes todo lo francés tenía para nosotros un gran encanto-,

yo sigo creyendo en la superioridad de París.

No se si en París el fakir practicaba la astrología o se dedicaba con publicidad a las ciencias ocultas. El caso es que,

según dicen, se relacionaba allí con lo mejor de la intelectualidad.

Es un cuento del humorista –del humorístico- Mark Twain, un personaje contempla maravillado en un museo

una momia egipcia. Maravillado y escéptico. Le pregunta a un cicerone:

- ¿Y es una momia… difunta?


Cierto “rojillo” de pocos alcances, que no tenía la cultura de un intelectual burgués, me preguntaba:

- ¿Y ese fakir indio… es de la India?

Por lo menos era en París extranjero y le han tratado como a un indio. Todos los refugiados españoles en Francia

estamos haciendo el indio, sobre todo los que no hemos gozado ahora ni un minuto de libertad y de felicidad en

París.

Ese desgraciado París que –con la ocupación alemana- no es ahora el “París de Francia”.


                                                            ○○○ 


Estos franceses que nos rodean no son ciertamente franceses de París porque los encantos de París acogen… y

aquí nos recogen. Nos recogen y nos hacen guardar un forzoso recogimiento. ¿Será porque nos creen rojos que

nos temen como al diablo?

¡Cuántas cosas ridículas hemos visto en Francia! Ridículas y risibles, si para nosotros no fueran trágicas.


                                                            ○○○ 


El pobre indio acaba de ser objeto de una vejación, que debe de haber exigido de él una paciencia y una

impasibilidad de fakir. Las autoridades francesas le acaban de cortar la barba y el cabello. Sin contar con su

voluntad, contra su voluntad.

¿Es eso respetar la personalidad humana? Pero es que quizá los refugiados no somos personas…

El fakir, pelada la cabeza al rape, cubre la pudorosa desnudez de su cráneo con un blanco turbante. Nosotros,

rojos que han alzado bandera blanca, hace tiempo que venimos actuando a guisa de fakir: suprimiendo el dolor

por un acto de la voluntad…


                                                            ○○○ 


Con su turbante blanco, con la pérdida de su barba y su cabellera, el ex-rubio fakir ha perdido su majestad exterior.

Unas jóvenes refugiadas españolas comentaban la inútil vejación de que se ha hecho objeto al filósofo indio, que dicen

que es un orientalista eminente. Una de ellas decía:

- ¡Qué lástima que le hayan cortado la barba! Se parecía a Jesús…

Pero la otra, confundiendo la personalidad con la de Rodolfo Valentino, le replicaba:

- Sí, chica; pero… Jesús es mucho más guapo!


48. El alemán de Bélgica


Aunque este tipo no es propiamente uno de los “Hombres en ruinas” –pero acabará por serlo si llega como nosotros

a llevar año y medio en los campos de concentración-, pasea, sin embargo, cotidianamente entre nosotros…

No hace mucho que llegó. Luce su traje nuevo y elegante y pasea su sombrero de paja de alas estrechas -deben ser

moda los sombreros de paja de alas estrechas, en alguna parte del globo- y viene a cambiar billetes de cien francos

en la parada junto a la cual pongo mi mesilla de escribir, a la sobra de una barraca.

Estaba instalado en Bélgica desde hace muchos años. Por las trazas, debía ser un “honrado comerciante” –lo cual

nos permite suponer que no era un hombre riquísimo- y llevar una vida mediocre, pero sólida.

Como muchos alemanes, tiene una enorme facilidad para los idiomas. Habla un francés que a los españoles nos

parece más diáfano que el mismo lenguaje de los franceses. Quizá es porque lo habla con toda corrección, pero

de un modo menos cerrado, tal vez sin ese inconsciente orgullo, sin esa enérgica rotundidad con que todos nos

expresamos cuando empleamos nuestro idioma nativo. Cuando hablamos un idioma extranjero, aún hablándolo

relativamente bien, mostramos la humildad, la timidez o la cortesía del que siente que está pisando una casa ajena.

Y ha aprendido ya, en el trato con los refugiados españoles, a decir alguna cosa en español. Un día me preguntó,

en muy mal español, dónde estaba el barbero. Y le respondí, informándole, en francés. Me sonrió y me dio las

gracias muy amablemente:

- Je vous remercie…


Ahora –somos ya “conocidos”- me habla en francés, pero le oigo alguna frase española, que él deja oir como para

vanagloriarse de sus progresos. Aunque alguien se ha burlado del acento y hasta del léxico, del lenguaje de los

valones de Bélgica, con la afirmación “C’est du belge!”, el caso es que el francés de ese alemán nos es altamente

simpático, quizá más simpático que el de muchos franceses. El francés que sale de labios de alemanes y españoles

nos suena más a cosa nuestra. El francés de los franceses lo hayamos nacional, orgulloso… Nuestro francés nos

resulta internacional, humano…


No es esto ningún desprecio, ninguna desatención, ningún desagradecimiento para con

Francia. Pero qué cosa más extraordinaria, más espiritual! El francés en labios de alemanes y españoles hablado

por españoles y alemanes que han debido refugiarse en Francia! Yo he experimentado muchas sorpresas. Al

estallar la guerra europea del 1914, yo tenía ya diez y siete años. Una de las mayores que me ha producido una

impresión “manicomial”, es ésta: ver a un alemán que huye de una Bélgica invadida, para refugiarse en Francia!

Un alemán que huye de los alemanes! Y que fraterniza con españoles huidos de los españoles! Los acontecimientos

siguen realmente una marcha alocada: hay, en todo eso, algo “qui ne va plus”!


                                                            ○○○ 


Ese alemán se ve que es un “novato” en los campos. Tiene unas maneras muy corteses, un vestir muy correcto,

un lenguaje exquisito. Ya degenerará! En cuanto empiece a disminuir la influencia benéfica de los billetes de

cien francos y aumentar el influjo maléfico de las lentejas, dará muestras indubitables de su adaptación al medio.

Pero por el gesto con que  saca su cartera de su bolsillo, juzgo que podrá “resistir” mucho tiempo. Es que ignora

que entre nosotros hay carteristas?


Ese alemán nos resulta un mirlo blanco, una especie de “rara avis”. Es muy “democrático”, muy suave, muy dulce…

Debía ser un amante de Beethoven, de Schubert… Tiene en muy buen concepto a los españoles. Y todos los

españoles que le tratan mejoran su concepto, si no lo tenían ya bueno de los alemanes. Asi como nos ha perjudicado,

a los españoles, la imagen- tan exagerada!- de la

España de bandoreta, también nos beneficiado el concepto, igualmente contaminado de alguna exageración, de

una España caballeresca. Hemos sido aquí frecuentemente mirados, aun en los mejores casos, como una especie

de bandidos caballerosos!

Si los españoles, desconocedores de Alemania, creemos, sin embargo, en la brumosa poesía germánica amante

del “lied”, ese alemán cree a pie juntillas que la moderna realidad española es la arrancada de las páginas del “Don Carlos”

de Schiller…

Me imagino a ese alemán de Bélgica extasiándose ante la música de un “carillón” y poniéndose su ropa solemne

para ir al teatro. Y él, al ver por vez primera tantos españoles juntos, debe haber sufrido una decepción: aquí todos

vamos desaliñados, en mangas de camisa y hasta en un semidesnudismo, y se oyen blasfemias y se perciben olores!

Pero yo le recuerdo que nos hallamos en un campo de concentración-nosotros, sin billetes de cien francos- y le

subrayo que en nuestro traje desastrado está pegada aun el marbete de “rojos”.


                                                            ○○○ 


Después de hablar, con el alemán de Bélgica, de la guerra anglo-alemana, le dijo que sé algo de inglés y muy poco

de alemán. Y hablamos de muchas cosas. Me desembre también mi afición a la lingüística. Y mi afición a la

polémica! Otros alemanes aclaraban aquí, entre nosotros, que ellos eran refugiados “civiles” y no refugiados

“políticos”. Sin distingo quería ser algo asi como la distinción entre “presos políticos” entre “presos comunes”.

Pero nuestro bondadoso “mirlo blanco” escucha todas las opciones y sabe situarse en todos los puntos de vista.

Si es un hombre de pueblo alemán –uno de los pueblos con mas carácter-, también es un hombre verdaderamente

humano. Es así que yo le he dicho que el ingles me hacia el efecto de una lengua de niños y el alemán me producía

la impresión de un sesudo lenguaje de doctores universitarios. Y aunque me gusta la gramática, y hasta me distraen

las complicaciones gramaticales, me siento de alma infantil…


                                                            ○○○ 


Pero no acentuó mi intimidad con el alemán de Bélgica para no despertar recelos, para no inspirar extrañas sospechas. 

Es un buen hombre, espiritual e ingenuo, como yo.

No nos es preciso discutir. Nos comprendemos. Resiramos el mismo aire y, si esto dura, pronto nos mira la solidaridad

de las lentejas.

El alemán…. Y yo soy un admirador de la raza de Beethoven, de Heine, de Einstein, de Remarque…aunque no

del racista Hitler!


49. La bruja (8 de febrero de 1942)


Haciendo cola delante de la cantina, aguardando la leche, frente a Correos o en otros sitios, me he encontrado

muchas veces con una señora, con una mujer judía, que parece una bruja. Pero una bruja guapa, aunque vieja.

Simpática y no repulsiva. A pesar de estas cualidades, tiene no sé qué aire brujeril.

Un amigo, con el cual y con bruja simpática he coincidido varias veces, le ha puesto el nombre:

- Mire: ahí está la bruja…

Yo tenía la idea, todavía no la palabra, en la punta de la lengua. Pero no sabía expresarla. Esa vieja es todo un tipo

de un cuento de Calleja, parece una ilustración de un libro alemán para niños.

Tiene la barbilla puntiaguda. Muy a menudo come y la veo masticar, moviendo su barbilla incansablemente.

Cuando para de comer, mira y sonríe con otra nobleza.

No acaba de ser bruja gracias a su sonrisa.

¡Quizá cuando era joven con su sonrisa embrujaba!


                                                            ○○○ 


Parece una figura salida de las páginas de un libro ilustrado o de una película de dibujos en colores.

Toda ella, su vestir, su aire, su modo de hablar, converge hacia el mismo resultado, produce una misma impresión.

Pero… ¿cómo deben de hablar las brujas?

Hitler pensará que sólo hay brujas entre los judíos alemanes. Las brujas deben de hablar en alemán. Quizá esta fue

expulsada de Alemania por dedicarse a hacer bálsamo con grasa de niño. En antiguos procesos de brujería de tiempos

de la Inquisición, se entera uno de que ha habido víctimas por las causas y por las cosas más inverosímiles. Una

vieja fue quemada como bruja, acusada de haber penetrado en una habitación introduciéndose por el ojo de

la cerradura.

En la suerte de los judíos perseguidos hay muchas cosas extrañas. Hay brujas.


                                                            ○○○ 


El amigo que bautizó a “la bruja” hoy me ha informado:

- ¿No sabe? La bruja ha muerto.

Se ha puesto a volar por los aires, montada en una escoba.

Como los antiguos romanos cuando en una casa recibían la visita de la muerte, deberíamos barrer con una escoba

hecha de verbena todos los rincones del Campo.

La Muerte está de verbena en este Campo de concentración.


50. La niña perdida en el bosque (16 de julio de 1942)


Hay muchos tipos interesantes entre los judíos alemanes de este Campo. O mejor dicho entre las judías alemanas.

Las hay muy bonitas. (Concretando, hay tres). Una de ellas, muy jovencita, habla el francés como un ángel.

(Como un ángel que habla francés). Pero en general son viejas y feas. No estoy obligado a decir lo contrario por

antipatía a Hitler perseguidor de los judíos. “Amicus Plato, sed magis amica veritas ”.

Pero hay algunas que escapan a toda clasificación. Edad indefinible. Y hasta belleza indefinible; ni guapas ni feas.

Ni chicha ni limoná.

No puede hablarse de su belleza, ni puede hablarse de su fealdad. “Qui non est mecum

contra me est”. Pero Jesús también dijo que “el que no está en contra de mí, está conmigo”.

La que no es guapa, es fea. Pero la que no es fea es guapa. Una que no es fea –no es fea para mis ojos buscadores

de belleza, aunque quizá lo sea para otros- es “la niña perdida en el bosque”. La defino así porque no se sabe si

tiene quince años o treinta y porque ella parece no saber nunca qué camino seguir. El defecto que tiene es ser bajita

y pequeñita, pero por sus armónicas proporciones parece una muñeca. Ya el Arcipreste de Hita cantó las cualidades

que las dueñas chicas han.

Como la pobre vieja que murió, llamada por mí y por otro “la bruja”, la niña perdida en el bosque parece estar

saliendo de un cuento de niños.

Hoy, día de viento, ella llevaba muy poca ropa. Le he visto los muslos. Creo que se acerca más a los treinta años

que a los quince. Como la mayoría de los judíos, es más bien morena. Pero yo la llamaría Blancanieves.


51. El judío ceremonioso (7 de agosto de 1941)


Han suprimido el comedor especial para enfermos a régimen y vuelvo a comer en los comedores comunes.

(Eso de comer en un comedor común… Pero los comedores generales  son menos limpios y a veces hasta más

sucios; parecen realmente un común!). Aquí no nos sirve la comida una muchacha, ni es un comedor mixto

para hombres y mujeres… Es un  comedor sólo para hombres! Como los retretes!


Nos presentamos en cualquiera de los comedores, a la hora del primero o del segundo turno. Vemos si hay

alguna plaza vacante en alguna de las mesas, dispuestas para grupos de diez. Hay días que quedan muchas mesas

por completar y hay en la entrada una fila de judíos que ofrecen plaza y lanzan unos gritos como aquéllos cocheros,

mozos e intérpretes galoneados que gritaban a la salida de las estaciones: “Hotel Inglés”, “Fonda Comercial”,

“Restaurante Suizo”…


Una vez hallada la plaza, entrego uno de los dos tickets que diariamente nos reparte el jefe de pabellón: el que dice

“matin” o el que dice “soir”… No hay que equivocarse: algún día alguien ha entregado inadvertidamente por

la mañana el ticket de la tarde y luego por la tarde no puede comer. Convergen hacia ese resultado un espíritu

ordenancista, meticuloso y burocrático y la avidez de enchufados en comedores y cocinas!

Para que no haya confusiones o dudas sobre si ya he entregado mi “ticket”, antes he escrito con tinta mi apellido

al dorso de ambos “tickets”.


El “jefe” de mesa recoge diez tickets blancos y los entrega a un “funcionario”, el cual le da en cambio un solo

ticket amarillo “Vale por diez”, pero dividido en tres departamentos: para recoger en la cocina el primer plato,

segundo plato y tercer plato. Esto parece un hotel norteamericano! No se parece a un hotel norteamericano porque

tengo entendido que en la América del Norte –y quizá en la América del Sur y en la del Centro: no quiero ofender

a los restantes países americanos!- se come bien. Nuestros tres platos no llegan a un solo plato! La administración

aplica el vocablo “plato” con mucha “platitud”!


Dos de los diez “comensales” se levantan para ir a hacer cola en la cocina y al cabo de un rato vuelven, el uno

con una sopera y el otro con un plato enteramente llano –sigue dominando la “platitud”- en la palma de cada mano.

Si tengo la suerte de dar con un grupo con “cacharro” propio, la espera no es muy larga, pero si no, como sea

que en la cocina disponen de pocas soperas, la espera es desesperante… Y al final, para qué? Las realidades

nunca corresponden a las esperanzas; pero aquí después de cada comida quedamos sumidos en la desesperación…

Un “cacharro propio” es cualquier recipiente de hoja de lata que sea aprovechable: un cubo de lavarse los pies o

un bidón de gasolina!


El “jefe” de la mesa reparte la comida entre los diez más o menos equitativamente, generalmente “menos”…

Aquí comienza el drama o el sainete, según que yo haya encontrado una mesa en que predominen los judíos

o los españoles! El “jefe” –su jefatura requiere dotes parlamentarias para saber responder a los ataques

de la oposición- reparte la sopa. Sopa en que no hay pan, ni pastas, pues el “potage” o mejor dicho agua pura

o mejor dicho agua no pura y por lo tanto sucia, pero caliente. Hace el reparto de la sopa valiéndose de un cazo,

pero si hay apio o zanahorias o mermelada –en los dos platos llanos- hace el reparto con una cuchara…

Nos toca a cada uno una cucharada y – como esto es un campo-hospital- recibimos siempre dosis “medicinales”!


Como el jefe queda agotado por sus esfuerzos distributorios –ciertos filósofos han negado que la materia sea

divisible indefinidamente-, está eximido del trabajo de ir, cuando le tocaría el turno a la cocina. En realidad,

los otro nueve quedamos también agotados por el trabajo de dividir la comida hasta lo infinito, y el día que hay

“bifsteak” los cortos de vista tenemos que recurrir a la ayuda de un compañero!


Una infinidad de días quedamos con un hambre infinita y la única cosa que no agota el querer agotarla son las gotas

de vino. Con toda esa escasez de comida, el poco trabajo de masticar permite hablar abundantemente: de ahí

la ampulosidad cortés de los judíos alemanes, con sus frecuentes “Danke schoen” y “Bitte schoen”.


El título de “judío ceremonioso” se refiere a un compañero de mesa, pero no por su cortesía comensalicia, como

la de los ingleses que a cada movimiento de mandíbulas pronuncias “thank you”. Antes de encontrar plaza fija

y permanente en una mesa de españoles, anduve muchos días “de zoco en colodro” buscando plaza y colocándome

finalmente en una mesa de judíos. Aunque también yo he lanzado chispas de antisemitismo al chocar contra

el pedernal de la resistencia de gente recelosa, perseguida y amargada, siento por esa pobre gente piedad y simpatía.

Pienso que se paseo por Judea un hombre predicando “Amaos los unos a los otros” y me duele sobre todo el odio

de razas, aunque afortunadamente para el hombre ese odio verdaderamente no repose más que en una incomprensión.

La Torre de Babel ha sido la maldición más terrible!


Anduve de zoco en colodro y me mandaban de Herodes a Pilato… Muchas veces encontraba una mesa con sólo

siete u ocho ocupantes, pero las dos o tres plazas vacantes estaban reservadas y yo chocaba con un gesto como

un puntapié u oía las palabras, dichas con malhumor, “besetzt” u “occupé”. Pero, por fin daba con algún judío que

sabía él francés y gracias a él encontraba sitio en el comedor. He comido mucho entre judíos, de manera que nos

hemos partido “el pan y la sal”. Y a veces hasta hemos llegado a “mojar el mismo plato”. Más que ir “de Herodes

a Pilato”, cuando de una mesa me mandaban a paseo yo iba frecuentemente “de Samuel a Moisés”! Una temporadita

comí en una mesa con nueve judíos alemanes. Y sólo uno sabía el francés! Con éste nos hicimos muy amigos. Se ve

que él les habló de mí, me “recomendó”, y todos me saludaban entonces muy atentamente. Hasta uno, con quien

yo me había peleado violentamente en el comedor de régimen, me ha saludado ahora varias veces en la calle

quitándose el sombrero. Quiero decir que me saludó fuera de la mesa, en alguno de los paseos del campo, pues

hace dos años y medio que no se me hacen callos por transitar por las calles y me hallo encallado en los campos

de concentración! Y ya que nos ha fracasado el embarque para el país del Presidente Calles, no nos toca otro

remedio que aguardar a que podamos volver a pasear por “el Call”!


                                                            ○○○ 


Por qué exagerar los insultos y exagerar los elogios? Algunos judíos complacientes me han llamado “doktor”

o “professor”. Pero yo solamente profeso cierta afinidad con la gente docta!


52. La vieja desmayada (30 de septiembre de 1941)


Hoy he presenciado un desmayo tragicómico. Estos desmayos pueden ser trágicos para el interesado; pero son

cómicos para los espectadores desprovistos de interés. El espectáculo ha sido interesante, sin embargo. Una pobre

vieja enferma hacía cola para la leche y apenas podía sostenerse: se hallaba apoyada a la pared. De pronto le ha

caído al suelo la botella que sostenía en la mano. Ha contemplado con ojos vidriosos los mil trozos de vidrio y

silenciosamente se ha puesto a llorar.


Después de unos instantes se ha desmayado. Y otra vieja que estaba junto a ella, ha ayudado para que no acabase

de caer; pero por fin la enferma ha caído, aunque no encima de los trozos de vidrio, y no se ha hecho daño.

La han llevado a la enfermería. Y han recogido luego del suelo los trozos de vidrio mezclados con otra cosa:

la vieja desmayada se había cagado.


                                                            ○○○ 


Todas estas pobres viejas son judías alemanas. ¿Es que en Alemania no se siente el respeto al sexo y a la edad?

Pero también en España, el país de la galantería y de la hidalguía, nace gente como ciertos antifascistas de

este campo que exclaman:

- ¡Que se mueran los judíos!

Algunos lo dicen mitad en broma como quien dice: “¡Que se mueran los feos!”, pero otros revelan con su cara

una sinceridad ideológica.


53. El muerto de repente


Hoy ha habido una muerte repentina en el comedor. Un anciano judío alemán que andaba con las piernas

encogidas… ha estirado la pata. Han tenido que ayudarle a subir los escalones del comedor al entrar… Al salir,

ya no necesitaba ninguna ayuda.


Todas las cosas y todos los hombres ejercen entre sí una influencia recíproca. Refugiados españoles jóvenes y

no impresionables se han impresionado… Casi siempre nos lamentamos de la pobreza del menú. Algún compañero

del infortunado, también con mala fortuna, hoy se ha levantado de la mesa sin acabar de comer…

Y las lamentaciones hoy no han girado en torno de la pobreza del menú. No han sido indignadas y ruidosas,

sino resignadas y silenciosas.

¡Pobres judíos! ¡Pobres españoles! ¡Pobres hombres!


54. El judío alemán que tenía una imprenta en Barcelona (18 de junio de 1941)


En el pabellón 13, aguardando la comida, he entablado relación con un judío. Gesticulaba vivamente, discutía

en alemán con sus “congéneres”. Hasta que, acabada la discusión, como para mostrarme que no era él el hombre

de mal genio, se puso a hablar conmigo en francés. Comentamos ligeramente cosas del Campo y en pocos momentos

me preguntó, con el laconismo de los que hablan en idioma que no es el suyo:

- Espagnol?

- De Barcelona!


Entonces se me puso a hablar en castellano bastante correcto y me dijo que él había vivido en Barcelona. He aquí

el motivo de nuestra amistad! Hasta en días sucesivos, hablamos de varias cosas. Me explicó que él era impresor

y que trabajaba mucho para el editor Gustavo Gili. De confidencia en confidencia, nos dimos a conocer recíprocamente

detalles de nuestra vida. Se quedó sorprendido cuando le dije que yo tenía muchos libros de la Editorial Gili, cuyos títulos le cité,

y él iba exclamando:

- Estas impresiones las he hecho yo! Hablamos de una obra de astronomía, de una de psicología. Se quedó más

sorprendido cuando demostré recordar el pie de imprenta “Guinart y Pujolar” y él me dijo que había formado parte

de esa razón social, había tenido participación en el negocio. Le aclaré que en mi infancia yo pasaba muchas veces

por delante de la imprenta de la calle del Bruch.


En julio de 1936, marchó asustado de Barcelona. Ahora se halla en Francia, habiendo tenido que marchar de

Alemania. Los dos esperamos volver a Barcelona.

 “Roda el mon i torna al Born…”


56. El barbero ruso tuberculoso


Un barbero que sea tuberculoso –y tuberculoso en último grado- no es muy recomendable que digamos. Pero en el

Château de Tombebouc, donde estamos un centenar de hombres, todos enfermos, sólo hay dos barberos: uno

español y el ruso.


El barbero español casi siempre está afuera del castillo y cobra sus francos. El barbero ruso sólo cobra tres francos,

pero es tuberculoso y hay que ir a afeitarse en su habitación, donde duerme con otro judío ruso que también es

tuberculoso. Están alojados los dos solos; por razón de su enfermedad, en una apartada habitación de las numerosas

que hay en el castillo. Y para subir a ella hay que conocer el itinerario.


La primera vez de ir a utilizar los servicios higiénicos del barbero tuberculoso, me acompañó a su habitación

un judío húngaro –chef de chambre donde duermo yo- y le dijo al entrar:

- Je vous amene un client…

No sé si fue un simple acto de solidaridad entre judíos o si el húngaro con sus palabras daba a entender que esperaba

cobrar del ruso una comisión.


El barbero ruso tuberculoso me afeitó muy mal. Se interrumpía a menudo a causa de su tos, me tocaba exageradamente

la cara y las barbas y se quejaba continuamente de su navaja. Además de la aprensión, sufrí los efectos de la mala

navaja: yo tengo la piel fina y el pelo fuerte. A pesar de que le avisé previamente, me hizo pasar las de Caín. Era un

barbero con alma de Caín…


                                                            ○○○ 


Era un barbero asesino, pero era –digo era porque ya murió, murió de tuberculosis- un hombre muy amable…

Explicaba que tenía un hijo comandante en el ejército soviético y que simpatizaba con los españoles. A la segunda

vez de afeitarme me hizo más daño que el primer día, a pesar de conocer mi barba. Le rogué que me afeitara,

que rascase con la navaja más doucement; y, como no me expresé con toda propiedad, al afeitarme más lentamente,

me hacía más daño. El rascar y la tortura eran más lentos. Pero hablábamos amigablemente. A cada pequeño corte

que me hacía, a cada pequeña molestia que me ocasionaba, lanzaba una interjección en ruso. Aquello era un pequeño

curso de la lengua de Tolstoi y Dostoievski. Imaginaros un barbero que no sabe afeitar en cinco minutos sino lentamente,

hablando de un plan quinquenal. Y me decía cada vez que me cortaba, que ya nos acostumbraríamos: él se acostumbraría

a mi barba y yo me iría acostumbrando a los cortes de su navaja.


                                                            ○○○ 


Habría podido recurrir a los servicios del otro barbero español. El ir con el ruso no era plan. Había que ir en plan

de mártir. Pero abandonarle sería una falta de delicadeza por mi parte. Que no fuera a pensarse que yo sentía

aprensión por su tuberculosis y que no sabía corresponder a su simpatía ideológica… Un día me propuso –al ver

que yo no bebo vino- que, si yo le cedía mi ración los días que reparten vino, él me afeitaría gratuítamente

dos veces por semana y me cortaría el cabello una vez al mes. Acepté. Pero me hacía tanto daño afeitándome

que yo, teniendo derecho ir a afeitarme dos veces por semana, solo me veía con fuerzas para resistir aquella

tortura una vez por semana.


                                                            ○○○ 


Obtuve una semana de permiso y me fui a pasar cinco días en Toulouse, con motivo del nuevo año 1944.

La documentación me llegó de súbito y fui súbitamente al barbero ruso tuberculoso a que me afeitara. Estaba

en cama. Otras veces yo me había aguardado a que se levantase para afeitarme. Pero esta vez estaba en cama

no porque descansase a causa del frío: se había agravado. Y me dijo que no se levantaría más. Y me habló de

su hijo comandante. Le dije que no se asustase, que aquello no era más que el efecto de las nevadas, y le estreché

la mano. Él retenía la mía, despidiéndose de mí. “Usted volverá de Toulouse, pero yo no volveré a afeitarle”.

Yo no me atrevía a retirar la mano, para que no pensase que tengo miedo a la tuberculosis.


                                                            ○○○ 


Cuando regresé al castillo, el barbero había muerto. En Toulouse me afeitaron tres veces: dos un barbero

francés tan charlatán como los españoles y una el amigo que me alojaba en su casa, al cual expliqué la historia

del barbero tuberculoso ¡Y nos reíamos! No de la enfermedad del barbero, sino de su torpe navaja. Esto ocurría

la mañana del día de Año Nuevo, el primero de enero de 1944 cuando mi amigo se disponía a acompañarme

a la basílica de Saint Germin y al marché aux puces, mercado de libros viejos por los alrededores del antiguo

templo los días festivos por la mañana. Y mis compañeros del castillo me explicaron la siguiente anécdota.

El barbero murió a las ocho o a las nueve de la mañana del día de Año Nuevo. Quizá cuando yo estaba hablando

de él en Toulouse. Pero su solo compañero de habitación, el otro tuberculoso, no dio cuenta de la muerte hasta

la tarde y estuvo unas horas en una habitación con el cadáver clandestino. ¡Pero lo hizo para apoderarse de la ración

de pan perteneciente al muerto! El pan se reparte poco antes del rancho de mediodía. Cuando telefonearon y

subió el médico de Sainte Livrade, se descubrió que no había podido comerse el pan a las doce aquel cuerpo

que ya presentaba signos de rigidez cadavérica.



58. El farmacéutico alemán (19 de mayo de 1942)


Hace pocos días, en nuestra mesa de diez españoles ha habido tres bajas; y las hemos cubierto con tres “extranjeros”!

Claro que nosotros aquí somos también extranjeros. Pero nosotros estamos siempre en nuestra casa!

Estos nuevos compañeros de mesa no nos parecen extranjeros. Hablan bien el francés y uno hasta el español:

éste último es un italiano procedente de las Brigadas Internacionales. Los dos primeros son un alemán y un austríaco,